9 años. Le vent se lève!…

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– Jamás podré negar una moneda a alguien que canta el “Let it be”. No puedo. Más aún si lo hace tan bien.

Corríamos por los túneles del metro en Pigale algo despistados, y según dejamos la moneda detuvimos en seco nuestro paso. Veíamos poco claro en el mapa cuál de los caminos que teníamos frente a nosotros era el que debíamos seguir para coger la línea dos hacia Pere Lachaise. La cantante, que vio en lo que estábamos, aprovechó el momento instrumental de la canción para preguntarnos a través del micrófono por la dirección que queríamos tomar, y decirnos luego el camino que debíamos seguir. Curioso hasta dónde le pueden ayudar a uno las canciones de los Beatles…

Unas horas antes, Josef, o como se escriba en Rumano, nos deleitó con su habilidad al violín mientras viajábamos en la 12 en dirección a Montmartre. Mientras pasaba la gorra nos oyó hablar en castellano y preguntó por España:

– Viví 10 años en Burgos de la música, como ahora hago aquí, y bastante bien. Pero cuando empezó la crisis me vine a París a casa de un primo. Allá, ya no se podía vivir.

Pensé que sería mejor que siguiera allá, pues del país de que salió poco se puede esperar.

Ahí arriba, en las calles de Montmartre, perseguimos el recuerdo de aquellos artistas que protagonizaron los días de la bohemia, visitando los lugares en los que vivieron, aunque de su paso no quedara nada en algunos casos: Renoir en el número 8 del allée des Brouillards, Seurat en el 39 de la rue André Antoine, Signac en el 20 de la avenida Clichy. También buscamos a Degas, que pasó sus últimos años en el 6 del boulevard Clichy; a Tolouse-Lautrec que trabajó en la calle Frochot y antes en el 21 de la calle Caulaincourt, en la esquina con la calle Tourlaque; por cierto que este último estudio fue ocupado después por el dibujante Steinlen. Forain ocupó el 64 de la calle Lepic, en el 54 de esa misma calle vivió y trabajó Van Gogh, acogido por su hermano Théo. Cezanne ocupó un pequeño estudio en la Villa des Arts en el 15 de la calle Pierre-Ginier, y Emile Bernard vivió en el 12 de la calle Corlot, lugar que compartió en repetidas ocasiones con Gaugin tras conocerse en Pont-Aven… Y así unos cuantos más, señalados a mano en un mapa para visitarlos de la manera más ordenada posible, y terminar en el que fue quizá uno de los lugares más emblemáticos: el Bateau-Lavoir, en el 13 de la calle Ravignan.

Más allá, a unas cuantas paradas de metro, salimos a curiosear al Boulevard Haussman. Sin duda este es otro mundo. En torno a las tiendas que hay por estas calles pululan, además de mucho curioso, lo mejor de la sociedad parisina, gente muy guapa y modélica, mezclada con lo más pudiente del mundo, incluidos países que no acaban de superar una crisis como es el nuestro… Curioso ¿no?

Unas obras muy oportunas, y algún día que tocaba festivo de manera también muy acertada, hicieron que durante nuestra estancia en Paris, nos fuera imposible visitar el Museo de Cluny. O lo hacíamos el día de la marcha, esperando en la puerta a que abrieran para saltar a encontrarnos con algo muy importante en poco más de media hora para no perder el tren, o renunciábamos a ello. Por supuesto, optamos por el riesgo. ¿Qué era lo que esperábamos encontrar? Un tesoro, ¿cómo no? : la parte del de Guarrazar que, según se cuenta, el diamantista de Toledo vendió al gobierno francés… Y no sigo, que de todo eso, espero seguir contando algo otro día.

El de hoy, por de pronto es el de mi 9 cumpleaños como blogero, lo cual me llena de orgullo y cierta perplejidad recordando que cuando empecé, lo hice sin ningún afán de perdurar demasiado, ni confianza en que esto sirviera para algo. Me confundía doblemente. Entre otras muchas cosas por lo mucho que he aprendido a través de la escritura, y el intercambio de pareceres y conocimientos con todos los que dedicáis alguna parte de vuestro tiempo a estas cosas de los blogs. Me confundía pues me ha ayudado a conocer a gente de que otra manera no lo hubiera hecho, algunos de los cuales llevan visitándome desde casi el principio. Me confundo cada vez que pienso en dejar esto, pues ya forma parte de mi y de la manera que tengo de contar determinadas cosas.

En lo que no espero confundirme es en la seguridad de llegar a la mágica cifra de los diez años, y en la esperanza de poder seguir compartiendo con todos vosotros lo que a este juntapalabras se le ocurra. Que así sea.

“Le vent se lève!… Il faut tenter de vivre!”

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La monja, un dragón y el péndulo de Foucault

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Siempre que acudo a París me gusta pasarme antes que por ningún otro lugar por el Panteón: es una costumbre de años, de la que por nada del mundo me gustaría desprenderme. Alli me he encontrado con el par de monjas por primera vez, sorprendentemente frente al homenaje a la Convención, fotografiandolo -ellas-, por un lado y otro, de izquierda a derecha. Curioso muy curioso, pero para cuando he preparado mi teléfono, ellas ya habían desaparecido.

Afortunadamente al bajar por el boulevard Saint Michel y poco después de pasar su confluencia con San Germain, me las he vuelto a encontrar frente a la estatua del santo matadragones. Y en esa ocasión, una de ellas no se me ha escapado.

Hoy por primera vez, he cazado una monja.

PS. Aviso a navegantes: el panteón está de obras y por dicho motivo se ha desmontado el pendulo de Foucault. Según se dice en el aviso allá colocado, no volverá a montarse hasta dentro de tres años. Sin embargo, seguiremos moviéndonos…

 

Un mirador sobre el Tajo

Casa del Diamantista

Siguiendo con las publicaciones decimonónicas que nos regalaron con magníficas ilustraciones de la época, ocupa un lugar importante entre ellas “El Museo Universal: periódico de ciencias, literatura, artes, industria y conocimientos útiles”, que salió a la calle durante casi medio siglo, entre los años 1860 y 1901.

Lo que diferenciaba a esta publicación de otras por el estilo es su carácter enciclopédico, en tanto que dedicaba sus contenidos a difundir conocimientos prácticos en torno al funcionamiento de máquinas, herramientas o cualquier novedad tecnológica que se diera por aquél entonces. Así, pueden encontrarse entre sus páginas descripciones detalladas e ilustradas del modo en que opera un telégrafo, un molino, unas bodegas o los aperos de labranza de una región determinada.

También lo diferenciaba, a vista de hoy, la calidad de sus firmas. Durante algún tiempo, por ejemplo, fue su director literario Gustavo Adolfo Bécquer en colaboración artística con su hermano Valeriano, quien se encargaba de ilustrar los textos redactados por aquél.

No en vano, la calidad de las ilustraciones publicadas en “El Museo Universal” es de las mejores que se dio en la prensa española del momento. Pero hay una de ellas, la que acompaña a esta entrada, que tiene para mí un valor que va más allá del puramente estilístico. Me explico.

Ocurre que la Casa del Barco de Toledo la ocupó allá por la segunda mitad del siglo XIX un curioso personaje durante los últimos años de su vida, haciendo que desde entonces a ésta se le conociera por el nombre del oficio de su inquilino: “La casa del diamantista”. De entonces al día de hoy, han nacido multitud de leyendas sobre el origen del nombre, remontándose algunas a románticas historias medievales, que no hacen sino probar que muchas de nuestras leyendas milenarias no tienen más de un centenar de años.

José Navarro, que así se llamaba el tal diamantista, tenía, hasta donde yo sé dos facultades muy marcadas, además de la de ser uno de los mejores joyeros de su tiempo: la de meterse de continuo en líos y complicaciones, y la de buscar siempre la soledad y el anonimato. La vida apartada, que dirían los poetas.

Por las memorias de su aprendiz Pedro de Onara sabemos de las consecuencias que tuvo el asunto del tesoro de Guarrazar, en el cual fue uno de los protagonistas, y de la cola que trajo tal asunto tras la Gloriosa para sus herederos. Pero ésta es ya otra historia de la que algo insinué un tiempo atrás.

Hace ya bastante más de un año que empecé a investigar su vida. Ello me ha hecho recorrer unos cuantos archivos, con resultados más bien escuetos, pues como queda dicho, el tal José Navarro era una persona poco amiga de dejar rastro, y en los documentos que emitía poco dice de sí mismo y de sus asuntos, como si no quisiera remover aguas que fueran a traerle espesos lodos.

El caso es que estando a medias en esta persecución, revisé algunas colecciones de fotógrafos contemporáneos con la intención de encontrar algún retrato suyo que pudiera darme alguna idea de su aspecto. No la consideraba una idea descabellada, habida cuenta de que por aquella época eran muchos los nobles y burgueses que gustaban de hacerse un retrato fotográfico. Pero nada: hasta donde he podido llegar, no ha habido manera de dar con él.

Lo que si hay es una fotografía de la casa hecha por Eugène Sevaistre en 1857, año más o menos por el que pasó a vivir en ella el diamantista. De ese mismo año hay también una fotografía más de la misma casa de Charles Clifford, el cual curiosamente fue quién fotografió a la reina Isabel II portando la corona que mandó hacer a Navarro. Unos tres años después hizo lo mismo Francis Frith en varias fotografías. Pero por mucho que las amplié y revisé, no pude adivinar en ninguna de ellas el rastro del personaje.

José Navarro murió en febrero de 1862, dejando viuda y dos hijos mellizos que ocuparon durante un tiempo más aquella casa. Alguien, no he logrado saber quién, hizo una fotografía de la casa a finales de aquél año, o principios del siguiente, que sirvió como base para la elaboración de un grabado que se publicó en el “Museo Universal” del 1 de marzo de 1863. Cuando me lo encontré, vi algo en él que sin saber exactamente si se trataba de una belleza formal o de algo más, me animó a imprimirlo, recortarlo y pegarlo en la portada del cuaderno en el que voy recogiendo toda la información que encuentro sobre el asunto.

Así quedó hace ya cerca de un año, mientras continuaba investigando el asunto y profundizaba en la oscura vida de este personaje.

Hace unas semanas me detuve a ojear el grabado sin otro afán que imaginar qué habría de real en él, y que había de añadido por el grabador. Me llamaba especialmente la atención desde hacía tiempo la escena que hay en la parte inferior derecha, y que creía que me recordaba mucho a alguna obra de Caspar David Friedrich.

Sin embargo, al pasar la mirada a la galería de la casa que se abre sobre el Tajo, descubrí algo en lo que hasta entonces no había reparado: había en su interior tres figuras que me observaban directamente, y eran estas –por su forma y tamaño-, las de una mujer adulta y dos niños de la misma estatura. ¿Casualidad? No lo creo. Creo que más bien se trata de suerte.

En algún momento a lo largo del año siguiente a la muerte del diamantista, alguien hizo una fotografía de la casa, incluyendo a sus propietarios –la viuda y sus hijos-, y gracias a ello, desde la soledad de aquél mirador que asoma al Tajo, aquellas siluetas del pasado vuelven a cobrar vida para mí entre las páginas del cuaderno al que dan paso.

Tragapeces

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En la Hemeroteca Digital, uno se encuentra con verdaderas joyas de la prensa histórica. Desde hace ya muchos años, y debido a mi afición a los grabados del siglo XIX, me paseo de vez en cuando por los ejemplares de las ilustraciones de aquella época: “La ilustración”, “La ilustración ibero-americana”, “La Ilustración Española y Americana”, etc… Ahí uno puede encontrarse todo tipo de grabados: desde los puramente paisajísticos, hasta los que pretenden reproducir, como si se tratara de una fotografía, escenas de las guerras de aquél tiempo; hay retratos costumbristas, grotescos, o de los personajes del momento. Lo que parece ser su punto de coincidencia es la maestría y dedicación con la que se elaboraban, su fuerza evocadora de lo que quieren imaginar, y el gusto por detallar todo aquello que entonces tenía algún significado.

A uno le embarga la sensación, al contemplar estos grabados y leer los textos que los acompañan, la sensación de que está visitando un pasado mitológico, en el que lo real y lo imaginado por el autor, se mezclan con tanta habilidad que es difícil deslindar el fin de uno y el comienzo de otro. En la lectura, se le queda a uno el sabor a la literatura del momento. No en vano, muchas de las firmas que estuvieron presentes en sus páginas corresponden a autores consagrados o no, que seguramente ganaban con esas líneas el pan de cada día, mientras pergeñaban la obra con la que esperaban alcanzar el reconocimiento de sus lectores.

Hay muchos ejemplos de todo esto. Con uno de ellos di el día pasado, mientras buscaba la inspiración para definir a un personaje. Revisaba la colección de tipos populares que se reparten entre las páginas de estos periódicos, cuando di con el Tragapeces, y quedé prendado tanto del grabado que pretendía reproducirlo, como de la historia que contaba de él, a mitad de camino entre el clásico folletón y la leyenda popular. Aunque faltaban cerca de diez años para su publicación, en 1883, me trajo rápidamente a la cabeza al Stevenson de la Isla del tesoro.

Cuenta su autor, Celso García de la Riega, que lo conoció en una de sus excursiones por la ría de Pontevedra, y aunque no es fácil de saber si lo que cuenta es totalmente imaginado, lo que nos dice de él, deleita la lectura y espolea la imaginación:

Tragapeces, admirablemente copiado por el hábil lápiz del señor Guisasola, en una de nuestras frecuentes excursiones por las costas de la pintoresca ría de Pontevedra, es un hombre de cuarenta a cincuenta años, de poderosa musculatura, manco del brazo izquierda, de acentuadas facciones, de fiera mirada, de cerdosa y enmarañada sotabarba. Su piel está curtida por las tempestades del mar.

Cuentan los vecinos del pueblo, que Tragapeces asistió y tomó parte heroica en varios encuentros navales y en peligrosas persecuciones de corsarios y piratas. Ha pertenecido a tripulaciones de diversas naciones, y el principal campo donde ha lucido su intrepidez ha sido el Océano Pacífico Su hacha era la primera que brillaba sobre el buque abordado, y a su cualidad de excelente nadador deben la vida muchos náufragos.

Cuando está de buen humor, hace a los vecinos increíbles narraciones de estupendas proezas navales y de apartadas y maravillosas tierras. Les deja llenos de admiración si les habla de la pesca de ballenas en los hielos del polo o si les describe trajes y costumbres de los habitantes de las islas Hawaianas o de las de Nueva Zelanda.

Tragapeces no solo ha combatido con las olas, con los vientos o con los piratas. Ha luchado también con tiburones y otros animales temibles y deformes. Tiene el cuerpo acribillado de cicatrices, y los recuerdos que éstas evocan le hacen suspirar con satisfacción y orgullo. Solo tiene un recuerdo fatal; el del suceso que causó la pérdida de su brazo; pero nunca hizo a las gentes del pueblo confidencia alguna respecto a tal suceso. Lo más pequeña indirecta sobre este asunto, le hace jurar y votar por lo más gordo; y nombrarle un inglés, es lo mismo que clavarle una espina en el corazón. Sus vecinos han llegado a formarse la idea de que los ingleses tienen algo que ver con la pérdida del brazo.

Tragapeces es brusco en sus ataques y feroz en sus réplicas: su oratoria es una palabrería desvergonzada. Lo que no obtiene el señor cura con una filípica, lo alcanza el fiero marinero con una mirada. Esta mirada no da lugar a vacilaciones; es un puñal que sostiene un dilema. Hace prodigios de fuerza, y aseguran que se come los peces así como salen del mar. En la caza de delfines es el más atrevido: se abraza a  uno de estos cetáceos y desaparece bajo el agua. Siempre vuelve triunfante. A esto llama Tragapeces un juego de niños.

Por estas y otras valentías y atrocidades, tiene al vecindario metido en un puño. Al poco tiempo de establecerse definitivamente en el pueblo, fue bautizado con el mote de Tragapeces, que dio origen en un principio a muchos vapuleos y palizas, pero que después aceptó como un flamante sobrenombre.

Las madres obtienen obediencia de sus pequeños hijos, amenazándolos con Tragapeces.—SÍ non eres bö, chamo a Tagapeixes.Dorme, neno, ou chamo á Tragapeixes.Fuxé, rapaz, qu’ahí ven Tragapeixes!— Estas amenazas causan siempre un saludable efecto.

Su faena ordinaria es la pesca en los laños. Muchas veces, en sus excursiones por las resbaladizas rocas, se detiene y contempla extasiado el Océano, que es su única gloria y su único cariño. Ante aquél desordenado oleaje ve desaparecer su pasado; entonces, coreado por el ruido del mar, exhala un ronco suspiro. Se sienta unido estrechamente a la, agitada inmensidad del mar, y cree que aquellos siniestros ruidos y aquellos movimientos imponentes de las aguas, son dulces palabras los unos y suaves caricias los otros.

Tragapeces no tiene interés alguno por sus parientes: vive, pues, como un hongo, y puede decirse que no necesita de nadie. Según noticias posteriores, la costumbre que tenía de beber aguardiente, ha degenerado casi en vicio. Llegada a este punto, la pluma se resiste a continuar: es muy posible que sea ya juguete de los vecinos, el que antes era coco de los chicos y terror de las gentes sencillas.”

(La Ilustración Española y Americana, 8 de Junio de 1873)

“Quoniam ualde labilis est humana memoria…”

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Y mi relato de hoy comienza así:

“Aquél día nevó como no lo había hecho desde hacía cosa de 30 ó 40 años…”

Fue hace ya 5 años ¿lo recuerdas?, cuando tras una noche en vela, paseándonos sin poder dormir por la habitación, y con la única compañía de la silenciosa nieve cayendo sin parar al otro lado del cristal, llegó él, nuestro pequeño: el ruidoso y juguetón Iago.

¿Lo recuerdas?

Como no…

Y con su llegada cerramos un periodo oscuro, triste, de cuya memoria sólo queda, afortunadamente, el saber que tuvo lugar y que aquél día desapareció para siempre.

Ahora sólo nos queda recordárselo una vez más, como todos los años:

Egun horretan, orain dela 30 edo 40 urte ez bezala, elurra bota zuen…

Mientras desde lo más íntimo de nuestro ser, una voz suave, sedosa, como el sonido imperceptible de la nieve rozando el aire,le susurrará:

… eta hortik aurrera amodio erraldoiaz bete zenituen gure bihotzak.

(… y desde entonces, has llenado nuestros corazones de un amor inmenso).

Feliz cumpleaños, hijo.

Impresiones

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1

Su modo de tratar a los demás me trajo al recuerdo al párroco de un pueblo de Lugo que tuve el mal gusto de conocer, aunque al menos el cura podría justificarse en su concepto brutal, trasnochado y caciquil del universo. Este ni eso. No tiene su lugar. Trabaja en un Archivo de Toledo al pie de la calle Trinidad, pero lo mismo lo podía haber hecho en una zapatería, un colmado o como responsable de una cartera ministerial. El hombre en cuestión no sirve para nada, por lo que podría metérsele en cualquier sitio. Desdeña las obligaciones de su puesto de trabajo con la seguridad de quién se ve bien protegido, mejor diríamos apadrinado, mostrándose soez y desagradable tanto en su aspecto como en su comportamiento. Es lamentable que estando las cosas como están, tengan cabida en cualquier puesto de trabajo recomendados como éste, que parecen ignorar dónde están, a qué se dedican, e incluso que el título que les ha llevado hasta ahí es el de inútil absoluto.

2

Estaba sentado en el suelo de la Plaza de Santa María de Cáceres, apoyando sus espaldas a la pared de la Catedral. Rasgaba la guitarra mientras nos observaba pasar con una mirada distraída, como quién deja fluir al tiempo a su propio ritmo. La tranquilidad y el silencio eran absolutos en aquél lugar. Mas llegó entonces a la plaza un grupo de visitantes que parecían ser paisanos suyos. Le animaron a que cantara algo. Sin hacerse de rogar mucho, el joven se soltó con gran fuerza a cantar aires sureños de un modo que lleno aquél silencio de vida, borró con su voz lo que hasta entonces nos rodeaba, para pintar en ese mismo lugar a aquellas personas que le animaban antes a cantar, bailando ahora entre risas y gritos de ¡Olé, primo! Acababa de experimentar la experiencia de viajar de un lugar a otro, de lo más gris a lo más iluminado, en un instante, sin dar un solo paso.

3

Lo peor de la ciclogénesis nos cogió en Las Herencias (Toledo) mientras paseábamos antes de cenar algo, ya con la anochecida, a orillas del Tajo. El aguacero nos hizo correr en busca de un lugar donde guarecernos, hasta que dimos con uno gracias a que un hombre que estaba ahí nos hacía señales con su bastón para que corriéramos. Se llamaba Orencio Sanchez. Había pasado la noche anterior celebrando la víspera de navidad con dos de sus hijas que trabajan en el Corte Inglés de Talavera y ese día había comido en el pueblo con otro de sus hijos y su familia. Se veía a si mismo feliz, satisfecho, con hermosos recuerdos de cuando era joven y acudía con sus amigos al  río a pescar barbos.  A pesar de todo, se resentía por el peso de la viudedad con la que cargaba desde hace ya 17 años, cuando perdió a la persona con la que era, como él mismo dijo, como uña y carne.

4

Lo que aquello era se me quedó impreso desde el mismo momento en que lo vi: una simple bicicleta, bastante vieja, con el número 217 y de la que se indicaba que había pertenecido al celador de telefónica de Albarracín allá por los años 30. Después, he sabido que la escritora Fina Casalderrey le ha dedicado un pequeño cuento. Está en el Espacio que la Fundación Telefónica tiene al comienzo de Fuencarral. Observándola, era inevitable imaginarla con su dueño recorriendo penosamente aquellos accidentados caminos. Seguramente, el celador compartió con ella más secretos que con nadie que conociera. Y ahora estaba ahí. Sola. Silente.

5

Lo encontramos en la Sala de Modelismo del Museo del Ferrocarril en Madrid. A primera vista su aspecto es el de un sabio loco: delgado, alto, mirada distraída, y con la barba y el pelo algo revuelto. No sé por qué pero me recordó a Tamariz, mientras lo miraba todo concentrado montando sobre el rail de un diorama la miniatura de una locomotora. Creo recordar que se llamaba Felipe y su padre había sido ferroviario. De ahí venía sin duda su amor a todo aquello. Nos paramos a charlar frente a una reproducción de la frontera del Bidasoa entre Irún y Hendaya, compartiendo viejas historias de contrabandos y extraperlos: entonces no era sino otra oportunidad de poder completar la puchera para las gentes que asomaban por las fronteras del país.

6No me quedó claro si era restaurante, bar, hotel de carretera o qué, pero doy fe de que esos torreznos que tan orgullosamente ofrece a sus clientes el dueño del Avis en Alcolea del Pinar, son de los más grandes y deliciosos que ha probado este miserable peregrino. Tenían una textura limpia, libre de rastro de aceites de fritura, crujiente y acompañada de generosas vetas de jamón que, en aquella fría mañana del 30 de diciembre, a uno le templaban los sentidos.

7

De Borja se habla mucho últimamente por eso del famoso “Ecce Homo”, aunque si les digo la verdad, debería hablarse desde mucho antes, pues habiendo sido así, quizá se hubiera podido salvar algo más de ese desconocido relicario del barroco español. Allí nos citamos con unos amigos para comer, hablar de nuestro viaje y de las habituales insustancialidades que ocupan mi conversación. Mientras cruzábamos la puerta de Zaragoza en dirección a la plaza del mercado, una mujer me detuvo para preguntarme por el Hostal Gabás. Sin pensarlo mucho le indiqué correctamente el modo de llegar a aquél lugar, a unos 5 minutos de allá. Quedaron extrañados mis amigos, queriendo saber el motivo por el que conocía tan bien aquél lugar. En ese hostal, les respondí, hace muchos años, pasé tres días entre la vida y la muerte.

Inconstancias y decepciones

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– Yo, señor, he vivido siempre aquí y los que me conocen, que son todos los del pueblo, le podrán confirmar a usted que apenas he abandonado mi casa a lo largo de todos mis años, si no ha sido para cumplir con la pesada obligación de hacer el servicio militar. ¡Al Ifni me mandaron los muy canallas, para defender un arenal en el que sólo había ratas, escorpiones y un sargento que seguramente ya se lo ha llevado el diablo!. Después volví al pueblo, me casé, criamos cuatro hijos que comían más que un sabañón y aquí me tiene, saliendo de misa pa jugar la partida de los domingos dondel Miguel, después de que veamos lo que a usted le trae aquí.

Hablábamos entre las gentes que salían de la iglesia apretando con las manos los cuellos de sus abrigos para protegerse del intenso frio que hacia aquella mañana. Había quien detenía un poco el paso intentado captar el contenido de nuestra conversación o saber quién era el extraño que hablaba con el Aparicio.

Recuerdo que unos días antes, había estado trazando al dictado de otra persona los contornos de una isla en la que jamás habíamos estado ninguno de los dos, pero que mi amigo la conocía como si eso no fuera así. Al igual que aquellos proyectos en los que nos lanzábamos en lo más soñador de nuestra infancia, fantaseamos con conocerla algún día. Imaginábamos como llegar hasta ella sorteando los cincuenta aulladores, y recorrer sus gélidas orillas entre los más diversos restos de naufragios y seres marinos. Sólo con pensarlo, nos sentíamos agitados por aquellos fuertes vientos, incapaces de escuchar nuestras voces y cubiertos del salitre que nos llegaba desde la mar. Ha de ser una sensación única, pensamos, sólo superada por la que se debe tener en aquél recóndito lugar de estar sólo en el mundo. No en vano, aquella isla tiene un nombre tan a propósito como el de Decepción.

En la misma mesa en la que trazábamos aquél mapa, había una fotocopia de otro sobre el que llevaba haciendo mis cábalas desde hacía unos meses. Se trataba de un “Itinerario seguido por las reliquias de San Gregorio Ostiense durante 1756”, extraído de un interesante estudio titulado “Plagas de langosta y clima en la España del siglo XVIII” de Armando Alberola Romá. Como me ocurre en muchas ocasiones al meterme en estas harinas, el fin se me convierte en el medio, y el medio en el fin, y como resultado de ello, no queda ni fin ni medio, si no únicamente una pila de papeles que terminan añadiéndose otros fines y medios anteriores que no llegaron a nada. Debe ser esa vocación de náufrago que parece adivinarse en mis ensoñaciones marítimas.

Intentaré explicarme.

Durante mi última visita al Archivo Histórico Nacional recogí un documento del Tribunal de la Inquisición de Toledo, cuyo título general atribuido era “Proceso de fe de las religiosas del Convento de Carmelitas Descalzas de Malagón”, que es como decir muy poco. Pero si se entra en su ficha para conocer mejor el alcance y contenido, se puede leer que dice: “Declaraciones de testigos e informaciones realizadas por Fernando Antonio Sánchez de Torres, comisario del Santo Oficio en Ciudad Real, sobre sor Catalina Teresa de Jesús María, sor Juana de San José, sor Isabel de Santa Teresa y de la novicia Manuela de la Concepción, entre otras religiosas del Convento de Carmelitas Descalzas de Malagón (Ciudad Real), sospechosas de molinismo, de falsas apariciones y revelaciones y de mantener contactos carnales entre ellas”.

Al margen del evidente morbo que podría atribuirse a la última de las acusaciones, lo que centró mi atención desde un principio en este documento era otro motivo: su extensión –alrededor de 1400 páginas- permitiría seguramente extraer una descripción detallada de la vida diaria de ese interesante –para mí, por lo menos- microcosmos que era un convento barroco. Si había suerte, podría extraerse del documento una detallada descripción de la red de relaciones que había entre las personas habitantes del convento, sus filias, sus fobias y el modo en que todo ello se reflejaba en el mundo exterior.

Y hablando del mundo exterior, tenía interés por conocer cuál era la mentalidad predominante en cuanto al modo de ver la vida y el de enfrentarse a la adversidad… Entre las circunstancias que tomé como muestra, me dio por buscar todo lo relacionado con las plagas, hambrunas y enfermedades de aquella época, hasta llegar a la cuestión de la langosta y el paseo desde Navarra y por toda la península de las reliquias del tal San Gregorio.

Aquí fue donde mi inconstancia y dispersión me hizo perder el norte, al ocurrírseme aprovechar para averiguar si en los libros sacramentales  de las parroquias por donde pasó la reliquia se registró tal hecho y el modo en que se hizo.

Por lo que me contó el Aparicio mientras volvíamos a entrar en la parroquia, llevaba haciendo de sacristán en Gormaz muchos años, desde antes de enviudar, y a falta del párroco, era él quién se encargaba de sus cosas en el pueblo. Rebuscamos entre los registros del años 1756 y nada encontramos en ellos. Dedujimos que no se detuvo ahí, por lo que sería mejor consultar los registros del siguiente pueblo del que se tenía constancia de su paso.

– Antes de que se vaya del pueblo visitará la ermita de San Miguel…

Comenzaba a anochecer cuando salí de la ermita. Estaba emocionado por la belleza de las pinturas románicas que, tras un arduo proceso de restauración, adornaban su interior.

Ahí fuera, bajo la sombra de la imponente fortaleza de Gormaz, hilaba mis pensamientos con los finos rayos de luz que doraban todos aquellos llanos que tenía frente a mí. Quedé sumido en una especie de ensoñación en la que repasaba las imágenes que había visto, especialmente la de Thoth, Hermes o San Miguel –que en este caso es lo mismo-, pesando las almas de los difuntos.

No era la primera vez que me encontraba con esa versión del Arcángel, y realmente me parecía muy interesante profundizar en su relación con cultos anteriores. Igual es el momento de ponerse a ello.

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Le festin des horizons changeants

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I

Llevo días sintiéndome en perfecta comunión con el tiempo que tenemos.

El cielo está cubierto, y en las entrañas de esas nubes parece que eructan los dioses de manera tan sonora y luminosa, que yo diría que quieren quebrar los cielos y cubrirnos a todos de más oscuridad.

Malditas sean las tormentas que hay en mí.

Vuelo a echar mano de un recuerdo.

Un par de días antes de que saliéramos para Portugal, vinieron a vernos unos buenos amigos. Les había sugerido que, dado como está por estos meses de verano lo del alojamiento en la costa, hicieran las dos noches que venían a poca distancia  de aquí, a algo más de media hora en coche, en Espelette, un hermoso y pintoresco pueblo del País Vasco francés. De este modo, aprovecharía para enseñarles una zona que conozco muy bien, lejos del bullicio de veraneantes, menús de paella y olor a crema solar, sobre fondo de calor asfixiante.

En pocos kilómetros a la redonda de aquél pueblo, uno encuentra muchas de las cosas que son suficientes para hacerle feliz: paisajes ondulados y verdosos, salpimentados por bosques y prados ocupados por rebaños de ovejas que pastan apaciblemente, mecidos por las brisas que asoman frescas de las arboledas que les rodean.

Recuerdo que, a cuenta de las ovejas, me ocurrió algo muy parecido a lo que se dice en un conocido chiste. Hablaba con el propietario de un caserío que elabora sus propios quesos sobre la raza autóctona de ovejas, llamada Manex, y me explicó las características de sus dos variedades: la de cabeza negra y la de cabeza rosada.

-La de cabeza negra es muy apreciada por su leche. Es la que utilizamos para hacer nuestro queso con Denominación de origen controlada.

-¿Cuál?

-Ossau-Iraty. El tipo de queso es muy parecido a los que ustedes llaman Idiazabal y Roncal. –me ofreció un pedazo de queso.

– Así que la leche de las burubeltz (cabeza negra) es muy apreciada pues con ella se elabora este queso –alcé a la vista lo que quedaba de la muestra que me había dado para probar. -¿Y qué me dice de las de cabeza rosada?

-Lo mismo, que es muy apreciada por su leche, y que también la utilizamos para hacer nuestro queso con Denominación de origen controlada.

Hay algo del espíritu comerciante de muchas de las gentes que viven por estos pueblos, que se me hace muy amable. En cada caserío, aldea o pueblo, pueden degustarse y comprarse –claro está-, no sólo queso, sino también otros productos como el conocido pimiento de espelette, jamón tipo Bayona, charcuterías varias, pan, talos, fruta, verdura, confituras y cerezas.

Las cerezas de la cercana Itxassou, y la confitura que se hace con ellas, tiene merecidísima fama en toda Francia, pero como bien dicen allá, la mayor parte de la que se vende es falsa, pues no hay en el pueblo, ni siquiera en su municipio, suficiente cereza para producir siquiera la mitad de lo que se vende en todo el país. Es algo muy común en todas partes –así sucede aquí con la cebolla de Fuentes de Ebro, la alubia de Tolosa, etc…- que supongo terminará siendo regulado con una Denominación de Origen, como ya lo ha hecho –creo-, la cereza del Jerte.

Al sur de estas tierras comienzan a asomar los Pirineos, especialmente desde Larrun, la montaña más alta de los alrededores. Al otro lado está el Baztán, la tierra de mis antepasados. Recuerdo haber recorrido una de las rutas de contrabando de la zona hace años, cruzando de un lado a otro de la muga por aquellos intrincados senderos, y tener la fortuna de charlar en una taberna de Irurita con unos ancianos, antiguos contrabandistas, que nos contaron sus trucos para pasar sin ser vistos por los carabineros, así como los encuentros que tuvieron con estos. Son historias de esas que difícilmente se olvidan, y que te dejan la sensación de que a pesar de ser narradas en un ambiente jovial y entre risas, esconden tras de sí muchas experiencias que en su momento fueron muy duras.

Me va a disculpar quien haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, las vacuas divagaciones en las que se ha visto obligado a acompañarme, y me comprometo a partir de esta línea a enderezar el rumbo, y no perderlo de nuevo hasta haber terminado con lo que quería contar de aquél fin de semana.

Comienzo de nuevo

II

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 “El 20 de marzo de 1903 es una fecha muy importante en mi vida, un punto brillante. En el vagón de un tren español encontré un libro que un viajero había olvidado. Era “La Nouvelle Espérance”, de la condesa de Noailles, que salió a la venta tres días atrás. Lo cogí y lo leí aquella misma noche en la pequeña villa guipuzcoana en la que hice noche”

Párrafos como este son para mí pequeños tesoros. En muy pocas líneas se encierran multitud de cosas que considero de gran valor. ¿Cuáles?: Primero: que alguien, hace 110 años, trasladara al papel las circunstancias que hicieron de un día cualquiera hace ya tanto tiempo, uno de los más importantes de su vida; Segundo: el valor literario. Imagino esas cuatro líneas como el comienzo de una novela, o un relato, como el pié que se da en un curso de redacción para que cada uno desarrolle con ello una historia; Tercero: la aparición de la condesa de Noailles y el modo en que alguien relata cómo conoció su obra literaria, antes de conocerla  personalmente;  Cuarto: la vida de los libros, me refiero a la de aquellos que son errantes, que tienen una existencia anterior y posterior a la de su paso por nuestras manos, y de la que en ocasiones encontramos testimonio escrito en ellos. No sabemos si en el que encontró el autor de aquellas líneas, Paul Fauré, había escrito algo o simplemente llegó mudo, pero la aparición de un libro en estas circunstancias parece tener un punto de providencial.

Aquél sábado, bebimos y comimos en Espelette, entusiasmados por el reencuentro, las viandas que iban pasando por nuestros platos, los licores que acompañaban al café y la cantidad de cosas que teníamos reservadas para contarnos aquél día. ¿Qué hacer para terminar de redondear aquél día?

A poca distancia de donde estábamos, se encuentra Cambo-les-Bains, antigua localidad balnearia a cuyas afueras está la Villa Arnaga, residencia de Edmond Rostand en los últimos veinte años de su vida, y que ahora es una casa museo sobre el autor. Habíamos oído que además, esos días estaban celebrando una serie de actos relacionados con su Cyrano de Bergerac, así que no necesitamos mucho más para acercarnos a ella.

El “Petit Versailles Basque”, que es como gustaba llamarlo a Rostand y sus amigos con cierta exageración, es un enorme edificio de estilo semejante al de los caseríos del lugar, rodeado de jardines, un estanque en el que en sus buenos tiempos se podía pasear en barca, unas monumentales caballerizas y por todas partes caminos y senderos por los que pasearse.

Cuando entramos en Arnaga, oímos cómo en una sala contigua alguien recitaba la parte final del Cyrano, quizá –para mí- una de las más hermosas:

Philosophe,

physicien,

Rimeur, bretteur, musicien,

Et voyageur aérien,

Grand riposteur au tac au tac,

Amant aussi -pas pour son bien!-

Ci-gît Hercule-Savinien

De Cyrano de Bergerac

Qui fut tout, et qui ne fut rien.

En una sala contigua, había una excelente exposición de carteles y ediciones diferentes de la obra en cuestión; desde una primera edición anotada por el propio autor con una letra minúscula y difícil de entender, hasta una bellamente ilustrada por diferentes artistas de línea clara. Había referencia a las distintas versiones cinematográficas de la obra, y un breve e interesante apartado referido al personaje real de Cyrano de Bergerac que tenía algún documento manuscrito original, en cuya lectura estuve entretenido bastante tiempo.

De ahí, se pasa a visitar la villa, que es lo que podríamos llamar “la exposición permanente”, y que aunque ya conocía de ocasiones anteriores, volví a recorrer tranquilamente, a mi ritmo, distanciándome del resto de mis acompañantes a medida que me iba entreteniendo en uno u otro detalle.

 A pesar de lo bien conservado que está, de la hermosura de sus dependencias, de la magnífica escalera, de las vistas que se gozaban desde la planta superior, de los objetos y detalles que uno se encuentra a su paso y, en fín, de la luz que aquél día inundaba todas las estancias; a pesar de todo ello, ahí dentro me embargaba una sensación melancólica, decadente, muy difícil de trasladar a palabras, pero que siento con frecuencia en lugares como este.

Así que decidí salir de la villa a sentarme en un banco, bajo un árbol que había visto frente a la puerta de la casa. Antes, me detuve en una de esas tiendas que este tipo de museos ponen estratégicamente a la salida, con la idea de comprar alguna postal de recuerdo y husmear un poco entre las cosas que había. Allí fue donde encontré un ejemplar de un libro titulado “Vingt ans d’intimité avec Edmond Rostand”. Lo tomé entre mis manos para ver de qué iba.

Era una reedición de una obra escrita por Paul Faure, gran amigo del biografiado, que salió al mercado por primera vez en 1921, a los tres años de morir Rostand. Lo hojeé pasando rápidamente por alguna de sus páginas: Paul Fauré describía con delicadeza y precisión la llegada a Cambo-les-bains de Rostand y su familia, cargado de la gloría que le había dado el reciente estreno de Cyrano de Bergerac, la construcción de la Villa Arnaga, la vida cotidiana de la familia, la educación de los niños, la visitas ilustres, y las idas y venidas del autor y su familia a Paris. En resumen, el libro, escrito en primera persona, como testimonio de lo vivido por el autor junto a la familia Rostand, parecía una interesante colección de anécdotas, detalles pintorescos y reflexiones literarias.

Con el libro ya comprado y en la mano, salí a ojearlo tranquilamente al abrigo de aquella sombra que me aguardaba ahí, al frente de la puerta, mientras esperaba la llegada de los demás.

Releía la portada mientras me acomodaba en el banco, y vi que estaba prologado por una buena amiga, tanto del autor –a la que conoció como él mismo cuenta en este libro-, como del biografiado: la Condesa de Noailles, musa, amiga e inspiración de muchos de los artistas e intelectuales europeos de su momento.

Paré un momento mi lectura. Por mi memoria pasaron los numerosos retratos que hicieron a Anna de Noailles algunos de los pintores más reputados de la época. Pero ninguno para mi gusto como el que le hizo Zuloaga, y que a mí siempre me tuvo enamorado. Era ella. La misma que en Les forces éternelles se manifestaba con esa sensualidad tan particular:

“Je suis cette humble porte ouverte sur le monde;

La nuit, l’air, les parfums et l’étoile m’inondent.”

Abrí la primera página del libro de Fauré y en ella encontré la misma cita de Rostand que rezaba frente a mí, a las puertas de la casa que acababa de visitar:

Toi qui viens partager notre lumière blonde

Et t’asseoir au festin des horizons changeants,

N’entre qu’avec ton Coeur, n’apporte rien du monde,

Et ne raconte pas ce que disent les gens.

 Ahora mismo está lloviendo, pero ya puede más en mí el efecto del recuerdo en el que he entrado, el mismo que me invita a compartir su luz clara y sentarme a disfrutar del festín de los horizontes cambiantes.

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Saudades III

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A muy poca distancia de Óbidos, en el camino que lleva a Caldas da Rainha, existe una casa de comidas que abrió hace ya más de 50 años, una mujer a la que todo el mundo conoce en la comarca por su nombre -Fernanda-, antecedido de un “Doña” que el tiempo, la edad y el hecho de haber dado de comer a varias generaciones de sus convecinos, hacen más que merecido. “Doña Fernanda” se llama también el modesto establecimiento en el que atiende a su parroquia, y es poco más que la planta baja de la casa en la que nació, donde la cuadra, el cuarto de aperos o garaje, ha sido sustituido por una pequeña sala con apenas cuatro o cinco mesas de aluminio.

Por una puerta acristalada que hay frente a la de acceso al comedor, entra y sale Doña Fernanda con los platos que ha preparado para aquél día, pues una cosa sí es de advertir a quién tuviera la intención de visitarla: allí se come “a menú puesto”, uno se sienta y espera a que le pongan lo que toque ese día, cuando deja el plato vacío, la Doña pregunta si quiere más o prefiere pasar al siguiente plato, y así hasta el final.

Cuenta Doña Fernanda, que por cosas de la pobreza de su familia, pasó muchos años de niña en Batalha, donde aprendió a cocinar de esa manera que ahora es tan afamada, y a elaborar mejor que nadie las famosas pastas de almendra de Batalha, lo cual produjo en aquellos tiempos un curioso conflicto por el hecho de que las mejores de esas delicias se hicieran fuera de aquél pueblo.

El día que nos regalamos con una de sus comidas, tuvimos la fortuna de ser los primeros en llegar a su casa, y viéndonos con ganas de hablar y que nos entendíamos bastante bien a pesar de la diferencia de idioma, nos invitó a pasar a la cocina. Allá nos contó, mientras preparaba la comida, lo que más o menos viene dicho aquí. Preguntó también sobre el modo en que elaborábamos en nuestra tierra algunos de los productos que pasaban por su mano, y sentía curiosidad por saber si había alguno de ellos que no conocíamos.

Recordé que en cierto momento, mientras rociaba una masa con un espeso y aromatizado aceite de oliva, rodeada por innumerables moscas que revoloteaban a su alrededor, mi pequeño lanzó una espontánea pregunta:

– ¿Y cómo sabe cuando tiene que sacar estas pastas del horno?

– Nunca se sabe antes de que llegue el momento, hijo mio -le respondió-simplemente lo reconoces cuando lo tienes ante tí. En reconocerlo está el mérito, no en saberlo…

Pasamos el día de ayer vagando por las entrañas de la ciudad de Madrid, en busca de una serie de lugares que había ido apuntando desde meses atrás. Recuerdo haber pasado un calor horrible, al que se unía el sonido hueco de nuestros pasos por los interminables pasillos de las estaciones, y las continuas idas y venidas de multitudes que, como nosotros, corrían de un lugar a otro.

Al llegar a la estación de La Latina, detuvimos nuestro paso ante la mole interminable de escaleras que se plantaban frente a nosotros. No eran ni más ni menos que otras, pero nuestro agotamiento, y una extraña sensación de haber llegado hasta el final de un camino que habíamos empezado casi dos semanas atrás nos embargó a los tres. Para bien o para mal, había llegado el momento de volver.

Eché mano a la mochila. Saqué de uno de sus bolsillos pequeños una piedra del tamaño de una canica, que había cogido el primer día al pie de los muros de Óbidos. Y entonces la abandoné a esos otros pies, a los de las escaleras que desde ahí nos iban a traer de vuelta a este otro lugar de nuestra existencia.