Hoy hace exactamente seis años, cayó sobre esta ciudad una nevada impresionante. Nevó, diré una vez más, como hacía años que no lo había hecho. Y, en medio de aquella tormenta tuvimos que sortear atascos, accidentes y eternos parones, para llegar a tiempo al hospital. A uno se le hacía estar viviendo en medio de la clásica comedia cinematográfica que irremediablemente iba a terminar con un improvisado parto en el interior de un coche… La verdad es que parecería toda la comedia que pudiera parecer, pero gracia, lo que es gracia, no me hacía ninguna. La idea de verme convertido en matrona improvisada en medio de aquella gélida e insistente nevada, con el estruendo de las bocinas, y los curiosos mirando y sacando fotos con sus móviles, se me hacía, cuando menos, que podía ser una manera un tanto surrealista de dar la bienvenida a este mundo a mi hijo.

Recuerdo aquél día con tanta intensidad, que sería capaz de reproducir con precisión cualquier instante, conversación, mirada o hasta el ritmo de nuestras respiraciones. Todo iba bien. Todo fue bien. Y aquél 9 de enero de 2009, en medio de una nevada como no la habíamos tenido desde hace tiempo, nació nuestro pequeño Iago. Nuestro hijo.

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