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Hay otro San Vicente, este apellidado “de-Lamontjoie” en los límites con las tierras de mi Gascuña. Tras las colinas que se adivinan en el horizonte se esconden próximas La Romieu, Larresingle y Lectoure, como vías camineras que se dirigen hacia el sur, hacia Santiago. No en vano, la vieja abadía de Flaran, también muy próxima a este lugar, conserva, además de interesantísimos documentos sobre las costumbres gastronómicas de los religiosos que habitaron aquél lugar en la Edad Media, una importante tradición como hospital de peregrinos.

Poco antes de llegar a Saint Vincent de Lamontjoie, el caminante se encuentra con las ruinas de lo que parece fue una enorme iglesia, que hoy sólo conserva su función de cementerio. A uno le vinieron a la mano los versos gascones del poeta-barbero Jacques Boé, que concluían con aquello de

E raja de bonur; ò ! lo sage a rason:

« L’ama sofrenta aima milhor. »

Como San Vicente que es, en este lugar se encuentran también abundantes vides, las cuales producen unos caldos que, bebidos con cierta inhibición, invitaron a este vagabundo a volver a fantasear con echarse una vez más a esos caminos que conducen al fin del mundo…

¿Quién sabe? Quizá pronto, pero éste no es un mal comienzo o, por lo menos, una espera hecha compromiso, una vez más, en un lugar que conserva tan fuertes resonancias jacobeas como son las de su nombre, Montjoie: monte de la alegría, del gozo.

De cualquier modo, a todos los que camináis incansables sobre las líneas de este cuaderno, os deseo que el año que va a comenzar sea un suave y fresco ascenso a ese Montjoie que conservamos, quizá demasiado oculto, en lo más profundo de nuestro ser.

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