1606922_1386757174880148_1965626235_n (1)Incluso estos pequeños cambios que tanto parecen desazonarnos, tienen su parte buena si se busca algo de sustancia en ellos. Toda mala nueva, trae el aire de un cambio al que debemos de orientar nuestro rumbo para seguir avanzando. ¡Tiremos a las plañideras por la borda y vaciemos las bodegas al son de alguna vieja canción…! ¿Cuál?: esta misma, robado de una historia de los cuatreros de Nuevo Méjico que escondieron a William Bonney, tras su huida de la prisión Lincoln:

Old men and old coyote dogs 

boil their dreams in the sun

served steaming within a bowl

filled with shadows

(Los ancianos y los viejos coyotes

hierven sus sueños al sol

y los sirven humeantes dentro de un tazón

lleno de sombras)

En estos tiempos recién inaugurados, en los que la noche cae a media tarde, nos acercamos al mar buscando esas furiosas mareas que nos visitan puntuales una de cada dos semanas, y que gustan de esconder su ondulante infinitud en la oscura profundidad de un horizonte que sólo podemos imaginar.

Y nos quedamos quietos a escuchar el estruendo con el que las olas rompen sobre la arena. El aire vibra con una calidez familiar, la misma que nos hace sentir tan confortables, como si hubiéramos llegado al más seguro de los lugares en este abismo olvidado en el tiempo.

El modo como las olas revuelve entre sus dedos de espuma los granos de arena, asemeja al de los dados agitados entre las manos de unos dioses primigenios, que juegan a cada golpe de mar con nuestro destino en medio de una oscura marea.

Recuerdo entonces haber leído entre las páginas del magnífico “Le voyage d’Italie” de Dominique Fernandez, un poema de Anna Maida Adragna:

A l’improviste

L’été

Se meurt

Dans mes bras

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