canjiA uno, como a todos, le duele mucho el sentimiento de decepción, le hace perder el sentido del equilibrio, y obliga a contener los corceles de la furía que rabian dentro de él, con las manos quemadas por el fuego de la sirga.

A este que escribe, le da por desplegar en su mente geografías remotas en las que las tormentas se tornan en brisa, y la tempestad se vuelve suave oleaje en una playa perdida.

Es una travesía con malos vientos. Se cierra el camino, se abren abismos, y la mano que describía destinos de una coherencia plácida, permanece asida al correaje de su caballos desbocados.

Entonces, sólo queda como consuelo el lanzar piedras con rabia disfrazada sobre las páginas de este pobre y olvidado cuaderno.

 

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