tragapeixes

En la Hemeroteca Digital, uno se encuentra con verdaderas joyas de la prensa histórica. Desde hace ya muchos años, y debido a mi afición a los grabados del siglo XIX, me paseo de vez en cuando por los ejemplares de las ilustraciones de aquella época: “La ilustración”, “La ilustración ibero-americana”, “La Ilustración Española y Americana”, etc… Ahí uno puede encontrarse todo tipo de grabados: desde los puramente paisajísticos, hasta los que pretenden reproducir, como si se tratara de una fotografía, escenas de las guerras de aquél tiempo; hay retratos costumbristas, grotescos, o de los personajes del momento. Lo que parece ser su punto de coincidencia es la maestría y dedicación con la que se elaboraban, su fuerza evocadora de lo que quieren imaginar, y el gusto por detallar todo aquello que entonces tenía algún significado.

A uno le embarga la sensación, al contemplar estos grabados y leer los textos que los acompañan, la sensación de que está visitando un pasado mitológico, en el que lo real y lo imaginado por el autor, se mezclan con tanta habilidad que es difícil deslindar el fin de uno y el comienzo de otro. En la lectura, se le queda a uno el sabor a la literatura del momento. No en vano, muchas de las firmas que estuvieron presentes en sus páginas corresponden a autores consagrados o no, que seguramente ganaban con esas líneas el pan de cada día, mientras pergeñaban la obra con la que esperaban alcanzar el reconocimiento de sus lectores.

Hay muchos ejemplos de todo esto. Con uno de ellos di el día pasado, mientras buscaba la inspiración para definir a un personaje. Revisaba la colección de tipos populares que se reparten entre las páginas de estos periódicos, cuando di con el Tragapeces, y quedé prendado tanto del grabado que pretendía reproducirlo, como de la historia que contaba de él, a mitad de camino entre el clásico folletón y la leyenda popular. Aunque faltaban cerca de diez años para su publicación, en 1883, me trajo rápidamente a la cabeza al Stevenson de la Isla del tesoro.

Cuenta su autor, Celso García de la Riega, que lo conoció en una de sus excursiones por la ría de Pontevedra, y aunque no es fácil de saber si lo que cuenta es totalmente imaginado, lo que nos dice de él, deleita la lectura y espolea la imaginación:

Tragapeces, admirablemente copiado por el hábil lápiz del señor Guisasola, en una de nuestras frecuentes excursiones por las costas de la pintoresca ría de Pontevedra, es un hombre de cuarenta a cincuenta años, de poderosa musculatura, manco del brazo izquierda, de acentuadas facciones, de fiera mirada, de cerdosa y enmarañada sotabarba. Su piel está curtida por las tempestades del mar.

Cuentan los vecinos del pueblo, que Tragapeces asistió y tomó parte heroica en varios encuentros navales y en peligrosas persecuciones de corsarios y piratas. Ha pertenecido a tripulaciones de diversas naciones, y el principal campo donde ha lucido su intrepidez ha sido el Océano Pacífico Su hacha era la primera que brillaba sobre el buque abordado, y a su cualidad de excelente nadador deben la vida muchos náufragos.

Cuando está de buen humor, hace a los vecinos increíbles narraciones de estupendas proezas navales y de apartadas y maravillosas tierras. Les deja llenos de admiración si les habla de la pesca de ballenas en los hielos del polo o si les describe trajes y costumbres de los habitantes de las islas Hawaianas o de las de Nueva Zelanda.

Tragapeces no solo ha combatido con las olas, con los vientos o con los piratas. Ha luchado también con tiburones y otros animales temibles y deformes. Tiene el cuerpo acribillado de cicatrices, y los recuerdos que éstas evocan le hacen suspirar con satisfacción y orgullo. Solo tiene un recuerdo fatal; el del suceso que causó la pérdida de su brazo; pero nunca hizo a las gentes del pueblo confidencia alguna respecto a tal suceso. Lo más pequeña indirecta sobre este asunto, le hace jurar y votar por lo más gordo; y nombrarle un inglés, es lo mismo que clavarle una espina en el corazón. Sus vecinos han llegado a formarse la idea de que los ingleses tienen algo que ver con la pérdida del brazo.

Tragapeces es brusco en sus ataques y feroz en sus réplicas: su oratoria es una palabrería desvergonzada. Lo que no obtiene el señor cura con una filípica, lo alcanza el fiero marinero con una mirada. Esta mirada no da lugar a vacilaciones; es un puñal que sostiene un dilema. Hace prodigios de fuerza, y aseguran que se come los peces así como salen del mar. En la caza de delfines es el más atrevido: se abraza a  uno de estos cetáceos y desaparece bajo el agua. Siempre vuelve triunfante. A esto llama Tragapeces un juego de niños.

Por estas y otras valentías y atrocidades, tiene al vecindario metido en un puño. Al poco tiempo de establecerse definitivamente en el pueblo, fue bautizado con el mote de Tragapeces, que dio origen en un principio a muchos vapuleos y palizas, pero que después aceptó como un flamante sobrenombre.

Las madres obtienen obediencia de sus pequeños hijos, amenazándolos con Tragapeces.—SÍ non eres bö, chamo a Tagapeixes.Dorme, neno, ou chamo á Tragapeixes.Fuxé, rapaz, qu’ahí ven Tragapeixes!— Estas amenazas causan siempre un saludable efecto.

Su faena ordinaria es la pesca en los laños. Muchas veces, en sus excursiones por las resbaladizas rocas, se detiene y contempla extasiado el Océano, que es su única gloria y su único cariño. Ante aquél desordenado oleaje ve desaparecer su pasado; entonces, coreado por el ruido del mar, exhala un ronco suspiro. Se sienta unido estrechamente a la, agitada inmensidad del mar, y cree que aquellos siniestros ruidos y aquellos movimientos imponentes de las aguas, son dulces palabras los unos y suaves caricias los otros.

Tragapeces no tiene interés alguno por sus parientes: vive, pues, como un hongo, y puede decirse que no necesita de nadie. Según noticias posteriores, la costumbre que tenía de beber aguardiente, ha degenerado casi en vicio. Llegada a este punto, la pluma se resiste a continuar: es muy posible que sea ya juguete de los vecinos, el que antes era coco de los chicos y terror de las gentes sencillas.”

(La Ilustración Española y Americana, 8 de Junio de 1873)

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