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I

Llevo días sintiéndome en perfecta comunión con el tiempo que tenemos.

El cielo está cubierto, y en las entrañas de esas nubes parece que eructan los dioses de manera tan sonora y luminosa, que yo diría que quieren quebrar los cielos y cubrirnos a todos de más oscuridad.

Malditas sean las tormentas que hay en mí.

Vuelo a echar mano de un recuerdo.

Un par de días antes de que saliéramos para Portugal, vinieron a vernos unos buenos amigos. Les había sugerido que, dado como está por estos meses de verano lo del alojamiento en la costa, hicieran las dos noches que venían a poca distancia  de aquí, a algo más de media hora en coche, en Espelette, un hermoso y pintoresco pueblo del País Vasco francés. De este modo, aprovecharía para enseñarles una zona que conozco muy bien, lejos del bullicio de veraneantes, menús de paella y olor a crema solar, sobre fondo de calor asfixiante.

En pocos kilómetros a la redonda de aquél pueblo, uno encuentra muchas de las cosas que son suficientes para hacerle feliz: paisajes ondulados y verdosos, salpimentados por bosques y prados ocupados por rebaños de ovejas que pastan apaciblemente, mecidos por las brisas que asoman frescas de las arboledas que les rodean.

Recuerdo que, a cuenta de las ovejas, me ocurrió algo muy parecido a lo que se dice en un conocido chiste. Hablaba con el propietario de un caserío que elabora sus propios quesos sobre la raza autóctona de ovejas, llamada Manex, y me explicó las características de sus dos variedades: la de cabeza negra y la de cabeza rosada.

-La de cabeza negra es muy apreciada por su leche. Es la que utilizamos para hacer nuestro queso con Denominación de origen controlada.

-¿Cuál?

-Ossau-Iraty. El tipo de queso es muy parecido a los que ustedes llaman Idiazabal y Roncal. –me ofreció un pedazo de queso.

– Así que la leche de las burubeltz (cabeza negra) es muy apreciada pues con ella se elabora este queso –alcé a la vista lo que quedaba de la muestra que me había dado para probar. -¿Y qué me dice de las de cabeza rosada?

-Lo mismo, que es muy apreciada por su leche, y que también la utilizamos para hacer nuestro queso con Denominación de origen controlada.

Hay algo del espíritu comerciante de muchas de las gentes que viven por estos pueblos, que se me hace muy amable. En cada caserío, aldea o pueblo, pueden degustarse y comprarse –claro está-, no sólo queso, sino también otros productos como el conocido pimiento de espelette, jamón tipo Bayona, charcuterías varias, pan, talos, fruta, verdura, confituras y cerezas.

Las cerezas de la cercana Itxassou, y la confitura que se hace con ellas, tiene merecidísima fama en toda Francia, pero como bien dicen allá, la mayor parte de la que se vende es falsa, pues no hay en el pueblo, ni siquiera en su municipio, suficiente cereza para producir siquiera la mitad de lo que se vende en todo el país. Es algo muy común en todas partes –así sucede aquí con la cebolla de Fuentes de Ebro, la alubia de Tolosa, etc…- que supongo terminará siendo regulado con una Denominación de Origen, como ya lo ha hecho –creo-, la cereza del Jerte.

Al sur de estas tierras comienzan a asomar los Pirineos, especialmente desde Larrun, la montaña más alta de los alrededores. Al otro lado está el Baztán, la tierra de mis antepasados. Recuerdo haber recorrido una de las rutas de contrabando de la zona hace años, cruzando de un lado a otro de la muga por aquellos intrincados senderos, y tener la fortuna de charlar en una taberna de Irurita con unos ancianos, antiguos contrabandistas, que nos contaron sus trucos para pasar sin ser vistos por los carabineros, así como los encuentros que tuvieron con estos. Son historias de esas que difícilmente se olvidan, y que te dejan la sensación de que a pesar de ser narradas en un ambiente jovial y entre risas, esconden tras de sí muchas experiencias que en su momento fueron muy duras.

Me va a disculpar quien haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, las vacuas divagaciones en las que se ha visto obligado a acompañarme, y me comprometo a partir de esta línea a enderezar el rumbo, y no perderlo de nuevo hasta haber terminado con lo que quería contar de aquél fin de semana.

Comienzo de nuevo

II

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 “El 20 de marzo de 1903 es una fecha muy importante en mi vida, un punto brillante. En el vagón de un tren español encontré un libro que un viajero había olvidado. Era “La Nouvelle Espérance”, de la condesa de Noailles, que salió a la venta tres días atrás. Lo cogí y lo leí aquella misma noche en la pequeña villa guipuzcoana en la que hice noche”

Párrafos como este son para mí pequeños tesoros. En muy pocas líneas se encierran multitud de cosas que considero de gran valor. ¿Cuáles?: Primero: que alguien, hace 110 años, trasladara al papel las circunstancias que hicieron de un día cualquiera hace ya tanto tiempo, uno de los más importantes de su vida; Segundo: el valor literario. Imagino esas cuatro líneas como el comienzo de una novela, o un relato, como el pié que se da en un curso de redacción para que cada uno desarrolle con ello una historia; Tercero: la aparición de la condesa de Noailles y el modo en que alguien relata cómo conoció su obra literaria, antes de conocerla  personalmente;  Cuarto: la vida de los libros, me refiero a la de aquellos que son errantes, que tienen una existencia anterior y posterior a la de su paso por nuestras manos, y de la que en ocasiones encontramos testimonio escrito en ellos. No sabemos si en el que encontró el autor de aquellas líneas, Paul Fauré, había escrito algo o simplemente llegó mudo, pero la aparición de un libro en estas circunstancias parece tener un punto de providencial.

Aquél sábado, bebimos y comimos en Espelette, entusiasmados por el reencuentro, las viandas que iban pasando por nuestros platos, los licores que acompañaban al café y la cantidad de cosas que teníamos reservadas para contarnos aquél día. ¿Qué hacer para terminar de redondear aquél día?

A poca distancia de donde estábamos, se encuentra Cambo-les-Bains, antigua localidad balnearia a cuyas afueras está la Villa Arnaga, residencia de Edmond Rostand en los últimos veinte años de su vida, y que ahora es una casa museo sobre el autor. Habíamos oído que además, esos días estaban celebrando una serie de actos relacionados con su Cyrano de Bergerac, así que no necesitamos mucho más para acercarnos a ella.

El “Petit Versailles Basque”, que es como gustaba llamarlo a Rostand y sus amigos con cierta exageración, es un enorme edificio de estilo semejante al de los caseríos del lugar, rodeado de jardines, un estanque en el que en sus buenos tiempos se podía pasear en barca, unas monumentales caballerizas y por todas partes caminos y senderos por los que pasearse.

Cuando entramos en Arnaga, oímos cómo en una sala contigua alguien recitaba la parte final del Cyrano, quizá –para mí- una de las más hermosas:

Philosophe,

physicien,

Rimeur, bretteur, musicien,

Et voyageur aérien,

Grand riposteur au tac au tac,

Amant aussi -pas pour son bien!-

Ci-gît Hercule-Savinien

De Cyrano de Bergerac

Qui fut tout, et qui ne fut rien.

En una sala contigua, había una excelente exposición de carteles y ediciones diferentes de la obra en cuestión; desde una primera edición anotada por el propio autor con una letra minúscula y difícil de entender, hasta una bellamente ilustrada por diferentes artistas de línea clara. Había referencia a las distintas versiones cinematográficas de la obra, y un breve e interesante apartado referido al personaje real de Cyrano de Bergerac que tenía algún documento manuscrito original, en cuya lectura estuve entretenido bastante tiempo.

De ahí, se pasa a visitar la villa, que es lo que podríamos llamar “la exposición permanente”, y que aunque ya conocía de ocasiones anteriores, volví a recorrer tranquilamente, a mi ritmo, distanciándome del resto de mis acompañantes a medida que me iba entreteniendo en uno u otro detalle.

 A pesar de lo bien conservado que está, de la hermosura de sus dependencias, de la magnífica escalera, de las vistas que se gozaban desde la planta superior, de los objetos y detalles que uno se encuentra a su paso y, en fín, de la luz que aquél día inundaba todas las estancias; a pesar de todo ello, ahí dentro me embargaba una sensación melancólica, decadente, muy difícil de trasladar a palabras, pero que siento con frecuencia en lugares como este.

Así que decidí salir de la villa a sentarme en un banco, bajo un árbol que había visto frente a la puerta de la casa. Antes, me detuve en una de esas tiendas que este tipo de museos ponen estratégicamente a la salida, con la idea de comprar alguna postal de recuerdo y husmear un poco entre las cosas que había. Allí fue donde encontré un ejemplar de un libro titulado “Vingt ans d’intimité avec Edmond Rostand”. Lo tomé entre mis manos para ver de qué iba.

Era una reedición de una obra escrita por Paul Faure, gran amigo del biografiado, que salió al mercado por primera vez en 1921, a los tres años de morir Rostand. Lo hojeé pasando rápidamente por alguna de sus páginas: Paul Fauré describía con delicadeza y precisión la llegada a Cambo-les-bains de Rostand y su familia, cargado de la gloría que le había dado el reciente estreno de Cyrano de Bergerac, la construcción de la Villa Arnaga, la vida cotidiana de la familia, la educación de los niños, la visitas ilustres, y las idas y venidas del autor y su familia a Paris. En resumen, el libro, escrito en primera persona, como testimonio de lo vivido por el autor junto a la familia Rostand, parecía una interesante colección de anécdotas, detalles pintorescos y reflexiones literarias.

Con el libro ya comprado y en la mano, salí a ojearlo tranquilamente al abrigo de aquella sombra que me aguardaba ahí, al frente de la puerta, mientras esperaba la llegada de los demás.

Releía la portada mientras me acomodaba en el banco, y vi que estaba prologado por una buena amiga, tanto del autor –a la que conoció como él mismo cuenta en este libro-, como del biografiado: la Condesa de Noailles, musa, amiga e inspiración de muchos de los artistas e intelectuales europeos de su momento.

Paré un momento mi lectura. Por mi memoria pasaron los numerosos retratos que hicieron a Anna de Noailles algunos de los pintores más reputados de la época. Pero ninguno para mi gusto como el que le hizo Zuloaga, y que a mí siempre me tuvo enamorado. Era ella. La misma que en Les forces éternelles se manifestaba con esa sensualidad tan particular:

“Je suis cette humble porte ouverte sur le monde;

La nuit, l’air, les parfums et l’étoile m’inondent.”

Abrí la primera página del libro de Fauré y en ella encontré la misma cita de Rostand que rezaba frente a mí, a las puertas de la casa que acababa de visitar:

Toi qui viens partager notre lumière blonde

Et t’asseoir au festin des horizons changeants,

N’entre qu’avec ton Coeur, n’apporte rien du monde,

Et ne raconte pas ce que disent les gens.

 Ahora mismo está lloviendo, pero ya puede más en mí el efecto del recuerdo en el que he entrado, el mismo que me invita a compartir su luz clara y sentarme a disfrutar del festín de los horizontes cambiantes.

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