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A muy poca distancia de Óbidos, en el camino que lleva a Caldas da Rainha, existe una casa de comidas que abrió hace ya más de 50 años, una mujer a la que todo el mundo conoce en la comarca por su nombre -Fernanda-, antecedido de un “Doña” que el tiempo, la edad y el hecho de haber dado de comer a varias generaciones de sus convecinos, hacen más que merecido. “Doña Fernanda” se llama también el modesto establecimiento en el que atiende a su parroquia, y es poco más que la planta baja de la casa en la que nació, donde la cuadra, el cuarto de aperos o garaje, ha sido sustituido por una pequeña sala con apenas cuatro o cinco mesas de aluminio.

Por una puerta acristalada que hay frente a la de acceso al comedor, entra y sale Doña Fernanda con los platos que ha preparado para aquél día, pues una cosa sí es de advertir a quién tuviera la intención de visitarla: allí se come “a menú puesto”, uno se sienta y espera a que le pongan lo que toque ese día, cuando deja el plato vacío, la Doña pregunta si quiere más o prefiere pasar al siguiente plato, y así hasta el final.

Cuenta Doña Fernanda, que por cosas de la pobreza de su familia, pasó muchos años de niña en Batalha, donde aprendió a cocinar de esa manera que ahora es tan afamada, y a elaborar mejor que nadie las famosas pastas de almendra de Batalha, lo cual produjo en aquellos tiempos un curioso conflicto por el hecho de que las mejores de esas delicias se hicieran fuera de aquél pueblo.

El día que nos regalamos con una de sus comidas, tuvimos la fortuna de ser los primeros en llegar a su casa, y viéndonos con ganas de hablar y que nos entendíamos bastante bien a pesar de la diferencia de idioma, nos invitó a pasar a la cocina. Allá nos contó, mientras preparaba la comida, lo que más o menos viene dicho aquí. Preguntó también sobre el modo en que elaborábamos en nuestra tierra algunos de los productos que pasaban por su mano, y sentía curiosidad por saber si había alguno de ellos que no conocíamos.

Recordé que en cierto momento, mientras rociaba una masa con un espeso y aromatizado aceite de oliva, rodeada por innumerables moscas que revoloteaban a su alrededor, mi pequeño lanzó una espontánea pregunta:

– ¿Y cómo sabe cuando tiene que sacar estas pastas del horno?

– Nunca se sabe antes de que llegue el momento, hijo mio -le respondió-simplemente lo reconoces cuando lo tienes ante tí. En reconocerlo está el mérito, no en saberlo…

Pasamos el día de ayer vagando por las entrañas de la ciudad de Madrid, en busca de una serie de lugares que había ido apuntando desde meses atrás. Recuerdo haber pasado un calor horrible, al que se unía el sonido hueco de nuestros pasos por los interminables pasillos de las estaciones, y las continuas idas y venidas de multitudes que, como nosotros, corrían de un lugar a otro.

Al llegar a la estación de La Latina, detuvimos nuestro paso ante la mole interminable de escaleras que se plantaban frente a nosotros. No eran ni más ni menos que otras, pero nuestro agotamiento, y una extraña sensación de haber llegado hasta el final de un camino que habíamos empezado casi dos semanas atrás nos embargó a los tres. Para bien o para mal, había llegado el momento de volver.

Eché mano a la mochila. Saqué de uno de sus bolsillos pequeños una piedra del tamaño de una canica, que había cogido el primer día al pie de los muros de Óbidos. Y entonces la abandoné a esos otros pies, a los de las escaleras que desde ahí nos iban a traer de vuelta a este otro lugar de nuestra existencia.

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