2013-03-26 13.32.59

 I

El tiempo, que es como un ladrón sin piedad alguna, gusta de pasar por nuestras vidas llevándose a manos llenas todo aquello que nos es querido. Aquí se sale con un instante que hubiéramos querido eterno bajo la capa, allá con la frescura que alguna vez tuvo nuestra piel… Se lleva también la agilidad y la habilidad; la esperanza, que antes había sido confianza; la vista; y, cuando estamos distraídos, un recuerdo que hasta entonces conservábamos nítido en nuestra memoria. De sus continuas visitas no quedan sino un Yo cada vez más viejo y arrugado, débil y lento, y con la memoria tan mermada que apenas podría dar para escribir un par de folios de vagas suposiciones.

II

Décimo Junio Bruto, allá por el año 138 a.c., tuvo que cruzar él solo el rio Limia para convencer a sus tropas de que el paso de una orilla a otra no tenía la mágica propiedad de borrar completamente la memoria de quien lo hiciera. Ese era el rumor que corría entre los romanos al identificar a dicho río con el Lete, aquél que cruzaba el Hades, y de cuyas aguas eran obligadas a beber las almas antes de ser reencarnadas para que olvidaran todo su pasado.

Cuentan que cuando llegó a la orilla opuesta, se sacudió un poco los brazos y las piernas, irguió la mirada y haciendo bocina con las manos fue llamando a sus soldados uno a uno por su nombre.

Era aquella la prueba más clara de que todo lo que se contaba del rio y la memoria no era cierto.

O no: imagino que extrañaría a alguno de sus hombres que ahora supiera su nombre, cuando no había dado muestras de conocerlo hasta entonces.

O no: a Décimo Bruto le decía la memoria recordar a más hombres de los que veía en la orilla opuesta. ¿Le engañaba ésta, o algunos de aquellos habían huido antes de enfrentarse  a un río mágico y a unos celtas con pocas ganas de romanizarse?

El recuerdo tiene esas cosas: que no sabemos qué tanto hay en él de reflejo de lo que ocurrió, y cuanto ha ido añadiéndose imperceptiblemente con el paso del tiempo.

III

Yo también me encontraba en la otra orilla. Y también rebosante de memoria.

Después de 6 años de ausencia, habíamos vuelto a Santiago. Y lo hicimos como mejor hubiéramos imaginado la vez que nos llegamos hasta el Obradoiro después de caminar desde Roncesvalles: con nuestro pequeño Iago, y acompañados de Lisardo y Manuela, unos viejos amigos que despedimos la vez pasado en el Monte del Gozo. Mejor no lo hubiéramos imaginado.

Era un viernes 29 de marzo, y mientras la lluvia y el sonido de la Berenguela desde su campanario nos cubría por completo en aquella plaza, pusimos la rodilla en el suelo para mirar a nuestro pequeño a la altura de sus ojos:

– Mira, ¿ves este lugar? Hasta aquí vinimos andando desde los montes de Navarra por ti.

Nos miró dando a entender que había comprendido lo que le es dado a un niño de cuatro años: más bien poco. Entendía que estaba lloviendo endiabladamente. Que sus padres parecían empeñados en prolongar esa ducha absurda mientras le miraban y abrazaban emocionados. Que aquellos dos amigos de sus padres observaban la escena beatíficamente y también algo emocionados. Que menos mal que por lo menos un par de días antes le habíamos comprado en Lugo un paraguas de Spiderman, que si no hubiera tenido que aguantar la chaparrada a pelo…

IV

Tenía en mi mochila un ejemplar de “Al fin del mundo”. Lo había llevado conmigo todos aquellos días, desde que salí hacia Galicia, sin saber claramente para qué, pero con la seguridad de que cuando llegara el momento cruzaría a la inversa aquél río del olvido y reconocería por fin cuál había sido mi intención.

Y ahí estábamos: en el interior de la catedral, sentados en una de las últimas filas de bancos, observando silenciosos el trasiego de turistas y peregrinos.

– Parece mentira: tú que no crees en estas cosas, y en cuanto puedes, ahí que te vas a buscar santos para negociar con ellos… -me dijo socarronamente Lisardo.

– ¿No decís vosotros que aunque no existen, haberlos hailos?

– ¿Entonces?

– No lo sé. Me limito a buscar sin tener claro el qué. Es la búsqueda en sí lo que me produce lo más parecido a una sensación de plenitud.

– El movimiento…

– Sí, pero puede ser físico o intelectual. Lo mismo disfruto inmerso en mis pensamientos mientras recorro un camino, que envuelto entre papeles en un archivo.

– Y ahora mismo –añadió mi compañera Larouge-, estás escrutando en los rostros de todos los que merodean por aquí intentando averiguar cuántos de ellos han dado por finalizada su búsqueda.

Mientras escuchaba el comentario, vino a mí como un rayo la idea clara de lo que debía hacer con el libro que había llevado conmigo hasta aquél lugar: había recuperado el recuerdo de algo que me prometí la última vez que lo visité

V

Bajo la atenta mirada de mis acompañantes, rebusqué en el interior de la mochila, saqué el libro, lo dejé a mi izquierda, y seguí revolviendo hasta que di con un bolígrafo. Entonces volví a tomar el libro, lo abrí en su primera página en blanco y escribí apresuradamente:

“29 de marzo de 2013.

Santiago de Compostela.

Dejo aquí este libro en cumplimiento de una promesa que está a medio cumplir. Amigo/a que no conozco: si vas a leerlo, tómalo. Es tuyo. Si lo terminas y en algo te ha aprovechado, agradeceré en pago una línea en el correo electrónico que verás al final de la presentación. Si no lo vas a leer, o lo has terminado, déjalo allá donde pueda encontrar a quien pueda interesarse por él.

Gracias y buena vida.”

Mientras cerraba el libro y acariciaba con suavidad el campo de trigo de su portada, fijé mi mirada en las personas que había a nuestro alrededor. Me preguntaba  quién se haría con él, cómo reaccionaría… ¿tendría alguna noticia de mi libro?

Nos levantamos, dejé el libro en el mismo lugar donde nos habíamos sentado, y nos dirigimos hacia la cabecera de la Catedral lentamente, sin mirar hacia atrás. Paseamos durante un rato por el interior, charlando de otras cuestiones y al ir a la salida, pasamos junto al banco donde nos habíamos sentado.

El libro ya no estaba.

VI

El tiempo puede empeñarse todo lo que desee, le reto a ello, pero por mucho que pase delante de mí, jamás olvidaré aquél día ni la mañana del siguiente. Y por si algún rio del olvido se cruzara en mi camino, aquí queda escrito para refrescarme la memoria.

Avanzada ya la tarde, nos despedimos de nuestros amigos y de la ciudad que ocupaba un lugar tan importante en nuestras vidas, para llegar a Monforte de Lemos antes de que oscureciese. Estábamos alojados en lo que habían sido las cuadras de un magnífico pazo: los Molinos de Antero.

Allí disfrutábamos de todas las comodidades imaginables, incluida la que da el contar con unos excelentes anfitriones ocupados en que no nos faltara de nada, y dotados de tal capacidad de conversación que, aderezada con un poco de aguardiente, hacían de todos los anocheceres uno de esos pequeños y sencillos placeres que luego se convierten en cálidos y confortables recuerdos.

Dormimos arrullados por el sonido amortiguado de la lluvia cayendo sobre la hierba, y acompañados por el dulce y profundo recuerdo de lo vivido aquél día: habían sido dos reencuentros, con una ciudad y con unas personas que habían pervivido con tanta fuerza y afecto en nuestra memoria que se desbordó en emoción aquél día.

Al levantarme recordé que una señal en mi teléfono me había despertado en algún momento de la noche, pero que no le había hecho caso. Fui a comprobar de qué se trataba, y vi que era un correo electrónico enviado a la dirección que había en el libro que dejé en Santiago.

VII

Con una mezcla de nerviosismo y emoción, intenté leer lo que ponía… !las gafas!: hace años ya que sin ellas no soy capaz de leer nada que no sea del tamaño de los títulos de un libro.

Rápidamente las cogí de la mesilla que hay junto a la cama, debajo de un libro con el que me quedé dormido aquella noche.

Comencé a leer, estaba en portugués pero no me costó entenderlo. Traducido, decía algo así:

“Soy portugués y he llegado hoy a Santiago desde Braganza recorriendo la vía de la plata (o Camino Mozárabe) desde territorio portugués por una variante casi desconocida y apenas señalizada a pesar de que hay noticias de ella que se remontan al siglo XII. Es mi novena peregrinación y la más larga. Llegado a la Catedral, fue para mi una gran sorpresa encontrar tu libro y tu dedicatoria que me emocionó mucho tanto por el acto en sí como por su significado. Estoy muy ligado a los caminos como peregrino y ayudante de otros peregrinos que soy…”

Mientras continuaba leyendo el correo, un suave hormigueo recorría todo mi cuerpo. Gracias a él, había recuperado algo que quizá el olvido o, quien sabe, las aguas de algún río embrujado me habían hecho perder: el recuerdo de aquella  sensación trascendente a la que nos llevó el Camino. No se trata de nada sobrenatural, pero sí de un placentero sentimiento de haber pertenecido a algo eterno, algo que permanecerá por siempre vivo, alimentado por el paso continuo de buscadores de todo tipo y origen. A fin de cuentas, todos parecemos buscar en el mismo lugar: en lo más profundo de nuestro interior, allá donde el tiempo no es capaz de convertirse en olvido.

Y entonces renové mi promesa de volver pronto a sumergirme en las aguas de aquél camino.

2013-03-29 11.11.37

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