Juanillones
“Martes de carnestolendas
Fueron a correr un gallo
Riñeron cuatro pendencias,
Mataron un escribano…”
 

Procuraré seguir con lo que dejé a medias hoy: un martes de carnestolendas, oscuro, lluvioso, granizador y hasta nevoso. Apenas he dormido, por lo que la razón me marcha perezosa y en pugna por dejar lo que ahora estoy escribiendo para un mejor momento.

Cuando llegamos a un rincón de aquella tienda, el librero empezó a rebuscar por entre una colección de pliegos guardados en fundas de plástico. Se detuvo a leer uno de ellos, titulado “Romance, en que se declaran los hechos, valentias y arrojos del Andaluz mas valiente llamado Francisco Correa”, que empezaba con esos versos de

Martes de carnestolendas…

– Por aquí debe estar, vamos a ver-, dijo como hablando para si mismo.

Siguió buscando: “Nuevo y curioso romance en que se refieren los hechos y arrogancias valerosas del alentado Martin Alonso, natural del castillo de la Alcalahorra”; “Verdadera y estraña relacion del maravilloso parto de cinco hijos varones, que ha dado á luz una mujer llamada María Gutierrez, natural del pueblo de Jalapa”; “Nueva y curiosa relación en que se refiere el pleito y público desafío que tuvo el agua con el vino, para saber cual de los dos era de mayor utilidad y provecho”, y así muchas otras que tocaban las más variadas y pintorescas cuestiones que uno pudiera imaginar. De hecho, a cada una que pasaba, me entraban ganas de pararme a leer lo que en dicho pliego se contaba. Pero el no querer detener al librero en su concentrada búsqueda, y las verdaderas ganas de saber quién era el dichoso Diego, retuvieron mi curiosidad dispersa, con la esperanza de que por fin diera con ese hilo que nos llevara al ovillo de la cuestión. Y así fue.

– ¡Aquí está! –exclamó sacando de aquella interminable colección un cuaderno de cuatro pliegos encabezado por el lacónico título, comparado con lo que había visto hasta entonces, de: “Los Juanillones”.

– ¿Los Juanillones? –le pregunté esperando que me dijera no sólo que era eso, sino también lo que tenía que ver con mi búsqueda.

Me contó que los “Juanillones” eran inicialmente dos hermanos que se echaron a la sierra, formando una partida de bandoleros que sembró el terror por los montes de Toledo en los años centrales de la segunda mitad del XIX. Sus andanzas fueron especialmente conocidas al final de la tercera guerra carlista, referidas siempre a la habilidad con la que se dedicaban al robo y el secuestro. Unos verdaderos piezas, que, en ocasiones, trabajaban al alimón con otros bandidos tan conocidos por entonces en aquellos montes como ellos: Los Purgaciones, el Magro, Bernardo Moraleda y el terrible Castrola. A éste último lo calificaban como la “alimaña más terrible de los Montes de Toledo”, y se decía que le temían hasta sus propios compañeros, sobre todo desde que asesinó a tres de ellos: Juan Barajas, el Mamón y el Farruco. El final de muchos de estos bandidos llegó a consecuencia de la celada en la que cayeron tras asaltar, precisamente juntos, un tren en Villacañas.

Aunque la mayor parte de ellos iban a empezar a ser conocidos en la década de los setenta de aquél siglo XIX, ya en años anteriores había comenzado a tener sus primeras experiencias en asaltos y refriegas, al unirse a las partidas carlistas organizadas por Polo o Sabariegos, que se echaron también a la sierra en cuanto Isabel II huyó a Francia. Fue estando en estos negocios cuando muchos de ellos se conocieron, y tomaron conciencia de lo que podían ganar con un arma y el miedo de los demás.

– Y aquí es donde entra en escena Diego- dijo terminando un relato que aquí he resumido y que tenía tan embargado a mi interés, que hasta había olvidado el motivo por el que estaba en aquella librería de viejo. Diego es una inscripción, un grafito tallado en una de las columnas del patio del hospital de Santa Cruz, cuyo origen desconozco pero que está presente en las declaraciones que Felipe el Juanillón y Bernardo Moraleda hicieron tras ser extraditados desde Portugal. Por aquí anda, espere un momento –añadió buscando en un ejemplar del boletín “Toletum”- aquí está, escuche:

“El declarante manifestó que habiéndose llegado a Toledo y a la columna que dicen de Diego en la antigua escuela de infantería, se reunió como hacían siempre que llevaban aquellos negocios, con dos vecinos de Mocejón cuyos nombre manifiesta no recordar”

Me leyó a continuación un par de citas más en las que se aludía al empleo que hacían aquellas gentes de Diego como punto de encuentro. Argumentó que era un lugar fácil de encontrar para quién conocía su existencia, con acceso rápido a varias salidas de la ciudad y frente a una posada muy conocida, la de La Sangre, donde lo mismo podían buscar alojamiento, que encontrar gentes de paso a las que examinar por si fuera el caso el asaltarlas cuando salieran de la ciudad.

– Eso es Diego.

– Así es -respondió.

– ¿Y existe todavía el grafito?

– Sigue en el mismo lugar dónde estaba entonces. Por eso le recomendé que luego lo visitara, pues buscando a gentes relacionadas con Malamoneda o la partida de Polo, es fácil creer que se reunieran en ese mismo punto antes de provocar el tiroteo de la Posada de La Sangre.

– Es muy posible. Iré a verlo sin falta.

-Por cierto –añadió-, ¿Y sabe usted lo que buscaban quienes provocaron esa refriega?

– Si. Lo sé.

Anuncios