Puerta del Hospital de Santa Cruz

Ha pasado tiempo. Mucho tiempo. De entonces a este momento he ido haciendo acopio durante los pocos momentos libres que he tenido de una cantidad ingente de documentos, artículos de periódicos, copias de libros et cétera; que me dieran luz sobre un personaje al que he perseguido de manera obsesiva desde hace casi ya un año. Si el seguimiento ha sido obsesivo, el acopio ha sido absolutamente irracional, pues apenas me he dedicado a otra cosa que a olisquear a mi presa, depositarla junto a las otras  y buscar los nuevos rastros que se me abrían desde ella.

El tiempo que ha pasado comienza hará alrededor de nueve meses, en una pequeña librería de viejo que hay frente a la Catedral de Toledo. Entré con la intención de revolver por entre los libros y boletines de historia local, y encontrar alguna referencia a lo que allí ocurrió en abril de 1869. Desde el principio sabía que era labor prácticamente imposible pues el hecho que perseguía, era de escasa importancia y relativamente común en aquellas –e incluso en éstas- fechas: una reyerta con muertos incluidos en la Posada de la Sangre, un doble robo en la Catedral y, esto es quizá lo más extraordinario de todo, los pleitos en los que se hallaban algunas personas a resultas del hallazgo de un tesoro godo muy cerca de aquella ciudad. Se pensará, con toda razón, que son hechos absolutamente insignificantes, pero a uno que tiende a interesarse por lo que parece no tener ningún valor, le picó la curiosidad.

Con esta idea en la cabeza, pensé que quizá lo mejor era centrarse en buscar a las personas, no a los hechos. Tenía ya en papel algunos que fueron apareciendo cuando la curiosidad empezó a transformarse en obsesión: ya he hablado de Pedro de Onara, pero también están un tal Malamoneda, José Navarro Arzac –el famoso diamantista de Toledo-, un Ángel Pastor, el Brigadier carlista Polo, y quizá algún Arzobispo o Montpesier, que esto todavía no estaba claro, entre otros.

Puede imaginarse la atropellada, torpe y poco precisa explicación que le di al librero sobre lo que buscaba en su tienda. Algo relacionado con Toledo a comienzos del Sexenio-, apostillé en el intento de ser más preciso.

– Si lo que usted busca es algo relacionado con la gente que se llegaba hasta aquí con obscuros  negocios–me dijo en respuesta a mi primera y accidenta pregunta-, no deje de visitar a Diego.

– ¿Diego?

– Sí, así es.

– ¿Y dónde puedo encontrarlo?

– En el mismo lugar donde lo encontraron las personas a las que usted busca: en el  hospital de Santa Cruz, por aquél entonces colegio de infantería. Vayamos a ver a esa estantería de ahí, y mientras se lo explico.

Como no quiero extenderme en demasía, ni aburrir al paciente lector con un largo cuento de mis divagaciones, lo dejo aquí por ahora, con la firme intención de continuar pronto con lo que queda, que es mucho. Tanto que ni siquiera en este momento he terminado de averiguar qué diablos le llevó a pasar aquellas penurias a Pedro de Onara en su huida desde Toledo hasta el París de la Commune.

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