Esperábamos a la hora de comer y a la llegada de los comensales, un puñado de buenos y ya viejos compañeros, algunos de los cuales conocía ya de años pero nunca personalmente. Lo hacía dando vueltas al modo de contar lo que hasta ahora tengo averiguado de las andanzas de Pedro Onara, y lo que en ello tienen que ver el Beato de Liébana, Elipando de Toledo y algún que otro arzobispo más de aquella casa.

Mientras llegaban, intentamos además domar el brío con el que el pequeño Iago se subía a los bolardos que impedían el acceso a la Plaza del Ayuntamiento, y les ordenaba que se bajaran como había visto poco antes al paso de un vehículo municipal.

– ¡Bájate, ya, azkar!

– Iaaaaago, tate quieto, que te vas a caer y la vamos a tenerrr.

– No, que no me caigo

– ¡Que vengas aquí, jo..!

Bueno, lo habitual en circunstancias como estas.

De aquella plaza tenía un recuerdo muy claro de mi anterior visita. Seguramente uno de los más nítidos que conservo en mi memoria, pues fue estando ahí, cosa de 18 antes, cuando recibí una triste noticia de la que prefiero no hablar.

Revisaba pues con la mirada todo aquél lugar mientras esperábamos. Quería espantar esos otros recuerdos, y mi memoria recurrió a la de una lectura que poco antes había revisado al preparar unas notas que quería enviar a un conocido.

Ceci tuera cela. Le livre tuera l’édifice –decía.

Esto matará a aquello. El libro matará al edificio.

A mi amigo no parecía convencerle del todo eso de llevar gorra, según me dijo una vez que nos hubiéramos presentado y saludado masivamente. –Me han obligado a ello-, parecía decir. No sé si estaba convencido de ello o pensaba todo lo contrario, pero en ese primer encuentro percibí en él una jovialidad contagiosa, desenfadada y llena a la vez de parsimonioso buen sentido. Seguramente, mucho tenía que ver en ello el bagaje de sus acompañantes, personas que, más allá de las diferentes edades que tenían, demostraban tener un profundo sentido del savoir etre.

A Izeba Bakea –que es como le llamó en cierta ocasión el pequeño Iago-, la conocíamos de antes. En varias ocasiones había pasado junto a su compañero por nuestra tierra, y tuvieron el detalle de dedicar parte de su tiempo en compartir con nosotros unos maravillosos momentos de charla y paseos. Haciendo honor a su nombre, y seguramente haciendo en más de una ocasión un esfuerzo interno, su presencia nos transmite a todos una especial sensación de tranquilidad y harmonía.

Mientras ascendíamos por una calle que sale de la Plaza del Ayuntamiento en busca de aquellos macarrones, o lo que fuera, Iago me pidió que lo llevara a caballo, por lo que, como si fuera un cofrade más en aquella Semana Santa, cargué con él a hombros mientras continuaba el camino en charla con mi amigo.

Aquél Ceci era el título que Victor Hugo puso a uno de los más jugosos y apasionante capítulos de su Notre-Dame de Paris, 1482. En él, explica que la arquitectura fue hasta el siglo XV el principal registro de la memoria cultural de la humanidad, ya que cualquier pensamiento complejo del hombre, cualquier idea filosófica o religiosa, había tenido su edificio. Es decir, toda abstracción de la mente humana con alguna importancia se había escrito hasta entonces en la piedra.

– ¿Qué es lo que coméis vosotros, qué se hace el cocinero para él de lo que tenéis en la carta?- pregunto mi amigo a la camarera.

– Como diga que macarrones, le cantamos bingo- comenté en broma a Larrouge.

Habíamos tenido la fortuna de que en aquél lugar nos habían colocado en una especie de reservado, un comedor aparte en el que nos sentamos alrededor de una mesa redonda, por lo que podíamos decir que estaba todo perfectamente dispuesto para disfrutar de una agradable charla en total intimidad e incluso, si se daba la ocasión, recurrir a los cantos regionales sin molestar a nadie.

– ¿Qué tal la visita a la Catedral?- nos preguntó Bakea.

– Muy bien, además de disfrutar del lugar, hemos podido hacer la visita a una persona que hay ahí, y que tiene que ver algo con una cosa que me gustaría escribir-, por entonces lo de las andanzas de Pedro Onara era algo que no tenía demasiado claro.

– ¿Dónde?

– En la Sacristía, está ubicado muy cerca de la puerta, según llegas, te giras y lo tienes casi de cara…

– ¿Habéis podido visitar el Ochavo?

En aquella mesa se habló de muchas cosas, y de varias de ellas a la vez: de la catedral, de música, y de arte en general. Además de Bakea, tanto la compañera, como las jóvenes acompañantes de mi amigo mostraron una excepcional aptitud para todo ello: les gusta, lo viven y saben leerlo de tal manera que resulta algo sorprendente, sobre todo para la edad de aquellas últimas.

Explica Victor Hugo que todo pensamiento político, religioso o filosófico tiende sin remedio a perpetuarse y para ello debe parasitar el soporte más sólido, aquel que de mayores garantías de aguantar el paso del tiempo a lo largo de las siguientes generaciones.

Or quelle immortalité précaire que celle du manuscrit ! Qu’un édifice est un livre bien autrement solide, durable, et résistant ! Pour détruire la parole écrite il suffit d’une torche et d’un turc. Pour démolir la parole construite, il faut une révolution sociale, une révolution terrestre. Les barbares ont passé sur le Colisée, le déluge peut-être sur les Pyramides.”

En el siglo XV todo va a cambiar.

Sin duda, el idioma de la piedra es más universal, y como si se tratara de una nueva torre de Babel, el abandono de ella a favor del papel provocó que desde entonces más que nunca, el idioma, la lengua, comenzara a tener mucha importancia para la difusión de las ideas. La letra de piedra de Orfeo había sido sustituida por la de plomo de Gutenberg, y eso había traído aquella consecuencia.

 Me contaba la compañera de mi amigo de su conocimiento de la cultura francesa y de los vínculos que había tenido con ella durante mucho tiempo. Era importante, coincidimos, aprovechar esa ventaja a nuestro favor en la educación de los hijos. El dominio de más de una lengua puede procurar ventajas adicionales, pues está claro que la lectura de cualquier obra en su idioma original resulta más enriquecedora y gratificante, en cuanto que se pueden apreciar en su verdadera dimensión todos los matices con los que el autor la quería adornar.

Perdimos la universalidad del lenguaje, pero ganamos en variedad de recursos, en cuanto que cada lengua escrita fue empezando a adaptarse a las circunstancia particulares de quienes las emplean. Algo inverso a este proceso, y que asemeja al de las piedras, podría ser el caso del lenguaje cinematográfico, en cuanto que es más universal a medida que va simplificando su lenguaje.

¿El cine matará al libro? No, no creo, pues tiempo ha tenido y aquí seguimos, leyendo con la misma pasión que cuando teníamos catorce años, y escribiendo cosas que nadie lee.

Y fue así como hablando de libros y la lengua de sus autores entró en la conversación la famosa madalena de Proust, como no:

« […] En cuanto reconocí el sabor del pedazo de magdalena mojado en tila que mi tía me daba (aunque todavía no había descubierto y tardaría mucho en averiguar el por qué ese recuerdo me daba tanta dicha), la vieja casa gris con fachada a la calle, donde estaba su cuarto, vino como una decoración de teatro a ajustarse al pabelloncito del jardín que detrás de la fábrica principal se había construido para mis padres, y en donde estaba ese truncado lienzo de casa que yo únicamente recordaba hasta entonces; y con la casa vino el pueblo, desde la hora matinal hasta la vespertina y en todo tiempo, la plaza, adonde me mandaban antes de almorzar, y las calles por donde iba a hacer recados, y los caminos que seguíamos cuando hacía buen tiempo. Y como ese entretenimiento de los japoneses que meten en un cacharro de porcelana pedacitos de papel, al parecer, informes, que en cuanto se mojan empiezan a estirarse, a tomar forma, a colorearse y a distinguirse, convirtiéndose en flores, en casas, en personajes consistentes y cognoscibles, así ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann y las ninfeas del Ivonne y las buenas gentes del pueblo y sus viviendas chiquitas y la iglesia y Combray entero y sus alrededores, todo eso, pueblo y jardines, que va tomando forma y consistencia, sale de mi taza de té […]»

Mi amigo nos contó que se había decidido a emprender la lectura de aquella extensa obra literaria que, ironías del destino, todos parecemos recordar en forma de esa pequeña delicia repostera.

– Yo, de En busca sólo recuerdo aquello de las sensaciones que tenía Proust todas las noches, mientras esperaba en la cama a que su madre pasara a darle un beso antes de que se durmiera.

– Si, justo al principio del primer libro. Estoy algo más adelante, y voy a intentar leerlo completo.

– Espero decidirme a contaros algún día lo que siempre os prometo de la famosa madalena… -respondí a mi amigo.

Una sola Madalena perpetuando la memoria de una extensa obra literaria. ¿Serían las madalenas, las destinadas a matar ahora al libro?

Ceci tuera cela. La madeleine tuera le livre.

– Supongo que a pesar de esas piedras que tienes en la vesícula, y que no te permiten beber estas cosas, en una ocasión como la de hoy, harás una excepción –comenzó a decir a los postres mi amigo, mientras colocaba una bolsa que había traído con él sobre sus piernas e introducía la mano para sacar algo.

Cualquiera de las siete personas que estuvieron ahí presentes conmigo, podrán dar testimonio de la decidida e irreductible oposición que mostré a tan tentadora invitación. Para que a modo de los ensayos renacentistas sirva de ejemplo a generaciones futuras, traslado a la palabra escrita la muestra de proverbial integridad de la que hice gala en aquel momento:

– (…)en una ocasión como la de hoy, harás una excepción.

– ¡Venga, por supuesto!

Ceci tuera cela. El Armagnac matará nuestro buen sentido.

El abandonar la costumbre de disfrutar de semejantes aguas debido a lo que entonces creía que era un mal de piedras en la vesícula, me había hecho muy vulnerable a ellas. La prueba está en que a partir de ese momento  el tiempo pareció tomar una nueva velocidad, mucho más rápida, y el sonido de todo lo que me rodeaba de camino a Zocodover, donde pensábamos despedirnos de nuestros amigos, parecía amplificarse hasta dar la sensación de vibrar como si se tratara de las páginas de un libros que se vuelven y revuelven al antojo del viento.

En la plaza de Zocodover nos despedimos de ellos. Nos hicimos las correspondientes promesas de intentar en lo posible por volver a vernos una próxima vez, y que entonces fuera con más calma para poder disfrutar mejor del momento… ¡Como si no lo hubiéramos hecho!

De Zocodover, Larrouge, Iago y yo nos acercamos al Arco de la Sangre. A su sombra, de cara a la calle Cervantes, se puede ver muy cerca el lugar que ocupaba la posada llamada también de la Sangre. En ella, Pedro Onara se vio envuelto –o quizá provocó-, un terrible tiroteo que causó gran alarma en el Toledo de la época y en el que dicen que tuvieron algo que ver determinados intereses del entonces arzobispo de aquél lugar, un lejano sucesor de nuestro Elipando.

Pero de ello y de la increíble coincidencia que me llevó a continuación hasta la casa del diamantista, en medio de visiones y edificios vibrantes causados por aquel maravilloso Armagnac, hablaré, si mis males, vuestro interés y mi constancia lo permiten, en otra ocasión.

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