Teníamos la costumbre de subir a sentarnos en el adarve del muro que rodeaba la huerta de los padres de Martín. Allá, dominando ese pequeño mundo con nuestra mirada, solíamos compartir a menudo unos cantimpalos crudos con algo de pan del día anterior. Chino los había sustraído hábilmente de la cocina de su casa, en el mismo momento en que salía de ella como si fuera una de esas veloces corrientes de aire que peinaban los trigales. Sus padres regentaban la carnicería del pueblo, y eso garantizaba un suministro ilimitado de todo tipo de chorizos, jamones y otras viandas, siempre y cuando no fuera descubierto.

Exceptuando al sonido del trigo cuando por fuerza del aire se inclina agitado a un lado y otro, nada más se oía desde aquél lugar. Ni siquiera a nosotros masticar aquellos manjares con la boca tan llena que no cabía más en ella. Nos mirábamos, asentíamos con la cabeza señalando a los chorizos y seguíamos disfrutando de ellos mientras nuestra atención se perdía a lo lejos, más allá de donde alcanzaba la vista.

El aire llegaba templado, tan confortable que invitaba a adormecer los sentidos, a cerrar los ojos y perderse en aquella placentera sensación: atronaba el viento a nuestros oídos, y nos parecía estar cubriéndonos entre sus brazos; no existía el tiempo, pues era tan extenso como los interminables campos góticos; ¿para qué medir y preocuparse de lo que tanto teníamos?

Nuestro pelo se agitaba bravo y brillante, iluminado por el reflejo dorado de todo aquello que veíamos eterno…

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