Encontraba el otro día en el blog de 1977voltios cierta reflexión que he querido hacer mía, dados los tiempos en los que vivimos, y la que en este momento está cayendo con el linchamiento mediático a los servidores de descargas como promotores de la piratería informática.

Piratas. Incluso el sonido de éste término había ido adquiriendo un tono novelesco, romántico que ahora, de un plumazo han querido borrar ramoncines y otras criaturas de la misma jaula dorada. Tengo todavía un templado recuerdo de sus apariciones televisivas, recordándonos el modo en que había que entender aquello de la piratería como algo muy malo para todos nosotros. No hace falta que nos adoctrinen: sabemos de que hablamos y, para desgracia suya, somos capaces de diferenciar entre a quienes no les pesa robar y asesinar para lucrarse, y lo que representan los personajes del cine y la literatura de aventuras…

A lo que iba. Hablando de piratas, todos conocemos a Emilio Salgari. Algunos de esos aventureros que poblarán de manera más indeleble nuestra memoria salieron de su pluma. Siguiendo el rastro de su tinta, conocimos Mompracem, al Corsario Negro, a la capitana del Yucatán o al viejo expirata bretón “Cabeza de Piedra”, por decir unos pocos.

¿Qué importa la verdadera experiencia marinera de Salgari? Creo que poco, pues a mi entender él era otro personaje más de su literatura. Prefería que le conociéramos como un experimentado hombre de mar que vertía en su obra muchas de las experiencias que había vivido. Lo prefería a que supiéramos de su vida real, de las tendencias suicidas que había heredado de su familia, de su tormentosa relación con su adorada y esquizofrénica esposa Ida Peruzzi, de la preocupación por el futuro de sus hijos, de su alcoholismo, de su histrionismo descompensado, de la miseria en la que vivía… Mejor leerlo pensando que, al otro lado de aquellas páginas, marcaba con su pluma el rastro de nuestra lectura un viejo y experimentado capitán, que nos daba noticias de lo que había conocido a lo largo de su dilatada y aventurera vida.

Emilio Salgari escribió 3 notas antes de abrirse las entrañas con un cuchillo un 25 de abril de 1911, junto a un barranco en Val de San Martino, cerca de Turín.

La primera de ellas iba dirigida a  los directores de los periódicos de Turín:

“Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida. Tengo muchos admiradores en Europa y América. Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre. Estoy seguro que ustedes, señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer. Con las gracias más sentidas, me despido”.

La segunda, a sus hijos:

“Queridos hijos: Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Yo espero que los millones de mis admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os saldrán al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección. Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre. Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre”.

La tercera, que viene bastante a cuento de todo lo dicho hasta ahora, va dirigida a sus editores, a quienes culpa de todas sus desgracias:

“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi sudor manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o algo peor, pido sólo que, en compensación de las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma”.

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