Aquella mañana, mientras descansábamos en una estación de servicio, entreteníamos nuestra atención en la fina e imperceptible lluvia que caía ahí fuera, al otro lado del cristal.

La noche nos sale al camino. Ahora me entretengo con el paso de algún que otro vehículo, o con la luz de las farola que bordean estas solitarias carreteras.

Dos pastillas y un café. La vesícula y el sopor.

Recuerdo aquella mañana entre los viñedos de Lussac, en una encrucijada que casi de manera obsesiva he frecuentado durante varios días y en las horas más diversas.

Recuerdo aquella cabeza de piedra que nos observa eterna desde su canecillo. Es portadora de una edificante lección: desde aquí arriba que os veo, esto es lo que me producís.

El paso del tiempo.

Y el delicioso pan nuestro de cada día.

Recuerdo haber vuelto a la torre de Michel Eyquem de Montaigne, como si de una peregrinación se tratara, buscando una vez más, igual que entre sus páginas, un poco de distancia con todo lo que me es tan cercano.

Esta mañana, mientras salía de casa para ir al trabajo, entretuve mi atención en el botón de la luz. Pensaba en que cuando lo pulsara terminaría el sueño a este lado del espejo.

Un, dos, tres… !Despierta!

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