Recordábamos hace un par de días en Potes, Cantabria, la costumbre que se tenía al construir los templos de alinearlos en un eje este-oeste, encarando las cabeceras hacia oriente, al punto donde nace el sol. De algo relacionado con esto se supone que procede la palabra “orientar”.

Hay quien dice que lo de las referencias que tomaban los maestros canteros para formar el eje, se hacía conforme al punto por dónde salía el sol el día que se celebrara la fiesta del santo a quién se iba a dedicar el templo. Esto, pensamos, podría explicar las diferentes orientaciones de las cabeceras, pero dudamos que fuera cierto. Casi la misma conversación, conclusión incluída, la tuvimos en Portomarín, haciendo el Camino de Santiago, cuando nos encontramos con la “desorientada”  iglesia de San Nicolás.

Recorrimos los muros exteriores de la parroquia de San Vicente de Potes en busca de algún canecillo, grafito, marca de cantero o cualquier otro tipo de labra que valiera la pena. Nada. Simplemente una vieja advertencia que colgaba de su muro norte.

Estábamos allá en un viaje relámpago de tres días dedicados a rebuscar, sin mucha fortuna, en el escenario donde se desarrollaron algunos de los momentos más intensos de mi infancia. Mientras revisábamos lo que acabábamos de hablar y lo que leíamos en aquél cartel, dimos en concluir que la realidad es, sin duda, siempre mucho más pragmática que lo que quisiéramos, y acostumbra a marcar con sus pesadas botas los caminos que pocas veces frecuentan nuestros pensamientos.

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